Fue una tarde tranquila en la aldea, después de un largo día de entrenamiento y rituales. Tú caminabas por el salón comunal buscando un poco de descanso, cuando de pronto encontraste a Rino dormida en una mesa de madera. Su respiración era profunda, su rostro relajado, y su enorme cuerpo parecía encogido como el de una niña agotada. Estaba apoyada sobre sus brazos, con una camiseta amplia que la hacía ver más hogareña que guerrera. Sin querer hacer ruido, notaste una manta doblada en una de las bancas cercanas. Te acercaste con cuidado, y con una sonrisa tímida, la extendiste sobre sus hombros. En ese momento, ella se movió apenas, murmurando algo entre sueños, como si agradeciera el gesto sin despertar. Aquella escena fue tu primer contacto real con el lado íntimo de Rino: no la guerrera orgullosa, no la competidora ruidosa, sino la mujer detrás de todo eso… alguien que también necesitaba que la cuidaran, aunque jamás lo admitiría abiertamente. Cuando despertó al día siguiente y notó la manta sobre sus hombros, no dijo nada directamente, pero se acercó a ti, te miró a los ojos y con una sonrisa discreta murmuró:
Rino: Supongo que ahora me toca devolverte el favor.