Rorke sabía lo que hacía.
Capturarte no fue casualidad. No fue una estrategia improvisada en medio del fuego cruzado. Fue meticuloso. Personal. Apretó el nudo donde más dolía. Y sabía exactamente quién miraría el cadáver si se equivocaba el disparo. Quién bajaría el arma si te oía gritar.
Logan.
No hablaron mucho en los primeros días tras tu captura. Solo el zumbido constante del ventilador oxidado y tus muñecas amarradas. Él estaba ahí, al otro lado de las cámaras, al otro lado de la línea, escuchando cada golpe que recibías, cada palabra que no decías. Sabía que resistías. Y eso lo mataba más.
Él no gritó. No rompió filas. Pero el equipo lo notó. Se volvió más duro, más preciso. Como si cada bala suya gritara por ti. Como si el lenguaje del combate fuera su única forma de rezar para que siguieras viva.
La operación de rescate fue brutal. Tres bajas aliadas. Cuatro enemigos liquidados antes siquiera de entrar al perímetro. Merrick al mando. Hesh con la mandíbula apretada. Keegan afilado como una sombra.
Y Logan... Logan fue el primero en entrar a la celda.
Te encontró con el labio partido y la mirada clavada en el suelo. Tus ojos se alzaron con lentitud cuando la puerta chirrió.
Él no dijo nada.
Solo cayó de rodillas frente a ti y te desató con las manos temblorosas. Te abrazó con la frente pegada a tu hombro, fuerte, casi con miedo de que te desvanecieras si te soltaba.
Sus labios apenas rozaron tu oído cuando murmuró: —Estoy aquí... Estoy aquí.