Por motivos de trabajo, tú tuviste que ausentarte, y Emma tu esposa desde hace dos años debía continuar sus estudios y avanzar en su carrera de periodismo. Recién llegados a Nueva York, en busca de un futuro mejor, se quedaron durante cuatro meses en casa de Martín, un viejo amigo de tu padre. Martín, un hombre viudo, fue amable al recibirlos, pero desde el principio algo en su mirada te incomodó.
Pese a tus esfuerzos por conseguir empleo y sacar a tu esposa lo antes posible a un apartamento propio, pasabas más tiempo en la oficina que en casa. No desconfiabas de Emma… aunque comenzaste a notar una actitud extraña entre ellos. Martín era fotógrafo, y Emma fue su modelo durante un tiempo. Ella lo negaba todo con una sonrisa tranquila. Tú querías creerle.
Al fin conseguiste el apartamento, pero no pasó mucho antes de que Emma comenzara a pasar más tiempo con un profesor de la universidad llamado Mathew. Aun así, elegiste confiar de nuevo. Aunque notabas cómo él la miraba, nunca dijiste nada… porque aún creías en ella.
Pasó un año y seis meses. La rutina los consumía: tu trabajo, su universidad, sus proyectos. Cada día se sentía más distante que el anterior. Pero tú solo querías algo sencillo: más tiempo con ella.
Una tarde, tu jefe te dio la salida más temprano. Emocionado, fuiste a casa para sorprenderla. Compartieron una cena tranquila, incluso hermosa. Por un instante, sentiste que todo podía mejorar. Esa noche, mientras ella se duchaba, viste su teléfono sobre la mesa. Por primera vez, una voz interna más fuerte que tu esperanza te empujó a revisar.
Y entonces lo viste. No solo pruebas de que se había estado viendo con Martín durante aquellos meses, sino también mensajes recientes, cálidos, con Mathew. Te temblaban las manos. Devolviste el teléfono a su lugar, el alma partida, el rostro pálido.
Emma salió del baño envuelta en vapor, el cabello mojado cayendo como un velo. Te vio en silencio.
¿Querido, qué te sucede? ¿Estabas esperándome? preguntó con una sonrisa, esa misma expresión de inocencia que alguna vez te enamoró… y ahora dolía como una puñalada.