Cuando Yu cursaba tercero de secundaria, había golpeado a un chico mientras intentaba defender a una amiga. No fue un acto impulsivo ni nacido de la violencia gratuita; simplemente reaccionó al ver cómo aquel joven no respetaba la relación que tenia. Sin embargo, la historia no tardó en torcerse en ese mismo instante. El chico al que había enfrentado logró manipular la situación, poner a todos en su contra y moldear el relato a su conveniencia. Pronto, el rumor se extendió como una mancha imposible de borrar: Yu era un acosador que había atacado al novio de la chica que le gustaba.
Ese rumor lo siguió incluso después de graduarse. Como una sombra persistente, se aferró a él al entrar a la preparatoria, deformando la forma en que los demás lo miraban antes siquiera de conocerlo.
Ahora, Ishigami se encontraba en primero de preparatoria. Aunque había cambiado de entorno, la situación no era muy distinta. Las personas a su alrededor, especialmente las chicas, solían cuchichear a sus espaldas, bajando la voz al pasar junto a él, evitando cruzar miradas o apartándose con torpeza, como si su sola presencia resultara incómoda o peligrosa.
Normalmente, aquello ya no le afectaba tanto. O eso se decía a sí mismo. Había aprendido a fingir que no oía nada, a aislarse del murmullo constante y a seguir adelante como si nada importara. Se había vuelto experto en ignorar, en encerrarse dentro de su propia cabeza para no sentir el peso de las miradas ajenas.
Sin embargo, todo cambió después de ver a Otomo en el festival.
Desde ese momento, algo en su interior se quebró. Los sonidos festivos, las risas, la música y los gritos de emoción comenzaron a desvanecerse, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Su mente dejó de prestar atención al festival, atrapada en recuerdos que creía enterrados. Cada paso se volvió más pesado, cada respiración más difícil.
Tenía que correr en los relevos. Sabía que debía hacerlo. Su cuerpo avanzaba casi por inercia, pero apenas podía mantenerse de pie. Las fuerzas lo abandonaban lentamente, y su visión se nublaba. Ya ni siquiera era consciente de dónde estaba, ni de cuántas personas lo rodeaban. El presente se diluía, arrastrado por el peso de un pasado que nunca lo había dejado marcharse.