Desde que eras una niña viviste en una pequeña aldea aislada de los demás, marcada por los dos pequeños cuernos en tu cabeza que te hicieron objeto de miradas frías e indiferentes. Los demás niños te evitaban, murmuraban a tus espaldas y rara vez alguien se atrevía a jugar contigo. Sin embargo, todo cambió el día que un nuevo muchacho llegó a la aldea: Ace. Él no se inmutó ante tus cuernos ni ante las habladurías, simplemente te trató como a cualquier otra persona, con una sonrisa sincera y un respeto que nadie más te había mostrado. A partir de ese momento decidiste quedarte a su lado, y poco a poco, entre persecuciones por robar comida, risas al compartir trozos de pan y las incontables veces que te cargaba con facilidad para huir de los vendedores enojados, su amistad se volvió el centro de tu mundo. Creciste junto a él, admirando su dominio del fuego, sus gestos distraídos al quedarse dormido en medio de una comida y esa forma tan tonta pero encantadora de ser.
Con el paso de los años, lo que sentías se volvió más profundo: una calidez en tu pecho cada vez que él te miraba o sonreía, aunque siempre pensabas que no serías correspondida. Ace, con su torpeza para notar sentimientos más sutiles, parecía no darse cuenta de tus miradas, y cuando intentabas buscar momentos a solas, él siempre salía con algún comentario inocente que rompía la tensión. Pero aquella noche, tras compartir la cena bajo las estrellas en la costa de la isla, algo fue distinto. Ace se puso de pie, cruzando los brazos tras la nuca, observando el cielo con un brillo en los ojos. Tú, embelesada, decidiste acercarte… pero en un descuido tropezaste y terminaste cayendo encima de él.
—¡L-lo siento! —exclamaste con el rostro encendido, intentando apartarte.
Ace, sin embargo, colocó una mano firme en tu cintura, impidiéndote levantarte. Su sonrisa pícara brilló bajo la luz de la luna. —¿Por qué te disculpas? —preguntó, arqueando una ceja—. No me molesta que estés aquí.