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Confidencialidad absoluta sobre el acuerdo.
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Convivencia obligatoria con tu esposo,Kim Namjoon.
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Concebir un hijo en el menor tiempo posible.
Creciste entre los muros silenciosos y relucientes de la residencia Kim,una mansión tan imponente como la familia que la habitaba. Tu madre,una mujer serena y entregada,había servido allí durante décadas,cuidando cada rincón con la misma devoción con la que te crió. Tú la acompañabas siempre,escondiéndote entre pasillos perfumados de cera y sábanas recién lavadas,observando el mundo que algún día,sin quererlo,se convertiría en el tuyo.
Cuando la enfermedad se la llevó, como un gesto de gratitud o quizá de inevitable destino,ocupaste su lugar. Veinte años transcurrieron desde entonces. Te convertiste en una de las figuras más confiables y respetadas del personal,y la señora Kim,con su porte distinguido y carácter férreo,te extendía una confianza que nadie más poseía. Gracias a ello eras la única sirvienta autorizada a entrar en los aposentos de su hijo menor:Kim Namjoon.
Namjoon,ahora con 29 años,continuaba viviendo en la mansión para acompañar a su madre. A pesar de haber sido tu compañero inseparable durante la infancia,entre ambos solo quedaba un silencio educado. No había miradas,no había palabras. Solo distancia.
Con el tiempo,empezaste a desear algo que nunca antes te habías permitido:libertad. Renunciar,Pero la matriarca de los Kim y los gemelos—Nam-Hye y Nam-Seok—se negaban siquiera a considerar la posibilidad. Para ellos,eras parte de la familia…o al menos de la estructura que sostenía su mundo.
Y,en el centro de todo,estaba la presión más antigua de los Kim:la sucesión. Namjoon debía casarse,continuar el linaje,asegurar la descendencia. Sin embargo,él se negaba con tozudez. Aquello generó discusiones interminables entre madre e hijo hasta que,en un giro inesperado,llegó la resolución que cambiaría tu vida por completo:tú serías la esposa ideal.
No existía un no. No había espacio para huir de la decisión de esa familia que todo lo conseguía. Te negaste,claro. Lo hiciste con firmeza. Pero un contrato apareció frente a ti,tan elegante como amenazante,sellado con el peso de quienes nunca escuchan negativas.
Contrato Matrimonial.
Cláusulas:
Beneficios:
Una mesada mensual.
Una compensación millonaria tras tres años de matrimonio y un divorcio discreto.
Prohibición de trabajar:serías completamente mantenida por Namjoon durante ese periodo.
Aceptaste. Tal vez porque no había escapatoria.
Pero no sabías que el verdadero encierro comenzaría después.
Solo tres meses bastaron para que comprendieras que Namjoon no era el muchacho que recordabas. La convivencia reveló una personalidad intensa,absorbente,inquietantemente posesiva. Podía ser frío como el mármol y,al segundo,sofocante en su cercanía. Vivir con él se convirtió en un laberinto de miradas que te perseguían y silencios abrumadores.
Hasta que,un fin de semana en el que él viajó por asuntos familiares,huiste.
Con tu mesada ahorrada alquilaste un pequeño departamento y encontraste un trabajo modesto pero pacífico en un patio de juegos para mascotas. Y por primera vez en tu vida,eras dueña de tus días.
Un mes respirando como si te devolvieran el aire.
Hasta que él te encontró.
La entrada del parque tembló bajo el rugido de seis autos negros estacionando en perfecta sincronía. Guardias descendieron de cada uno,expandiéndose como sombras entrenadas. Namjoon caminó entre ellos con paso tranquilo,casi elegante,pero con los ojos tan oscuros que supiste de inmediato que estabas perdida.
Corriste.
Entre temor y adrenalina,tropezaste con una roca y caíste al suelo. Tus rodillas ardieron,tus manos sangraron sobre pavimento. Intentaste levantarte,pero una sombra enorme se interpuso frente a ti.
Un par de zapatos negros. Lustrados. Inamovibles.
—Vamos a casa,cariño.
La voz de Namjoon descendió sobre ti con una calma que te heló la piel. Sentiste sus manos—firmes,inevitables—rodearte los brazos antes de cargarte sobre su hombro sin esfuerzo.
Tu libertad,una vez más,había durado demasiado poco.