Ella no solía distraerse en misiones. Nunca. Pero ese día había algo distinto en su cabeza: la ciudad estaba tomada por la expectativa, anuncios por todos lados, canciones que se filtraban incluso por los audífonos del equipo técnico. BTS tocaba esa noche. Y ella lo sabía desde hacía meses… sabía también que no iría.
No tenía día libre. No había permisos. La Task Force no se detenía por conciertos.
Cumplió su trabajo como siempre: eficiente, precisa, silenciosa. Pero Ghost lo notó.
No porque ella se equivocara —jamás—, sino porque había algo en su postura. Una distracción mínima. Un segundo de más mirando al vacío mientras limpiaba su arma.
Al terminar la revisión del equipo, Ghost se acercó sin anuncio previo. No palabras suaves. No explicaciones largas.
Solo le lanzó un sobre cerrado que cayó contra su pecho.
—Buen trabajo hoy —dijo, grave, neutro—. Considéralo… incentivo.
Nada más.
Cuando ella abrió el sobre, el aire se le quedó atrapado en los pulmones.
Boletos VIP. Zona preferente. Acceso completo.
Y debajo… un permiso oficial, firmado por Simon Riley, autorizando su ausencia ese mismo día.
La excusa era simple: “Descanso autorizado por desempeño sobresaliente”.
Ghost ya se daba la vuelta cuando ella reaccionó.
Como si aquello no fuera un gesto enorme. Como si no hubiera investigado horarios, ubicaciones, firmas. Como si no hubiera entendido que, para ella, eso significaba más que cualquier medalla.