Simon siempre había sabido moverse en terrenos inestables. Relaciones breves, sin promesas ni expectativas, encajaban mejor con una vida hecha de misiones impredecibles, regresos sin fecha y silencios largos. Nunca había mentido al respecto: no era un hombre para quedarse. Sin embargo, con el paso de los años, esa certeza empezó a sentirse más como una excusa. No podía ser así para siempre. Y por primera vez, pensó, debía intentar algo distinto.
Fue asi que descargó aplicaciones, aceptó citas que antes habría rechazado y se permitió sentarse en bares ruidosos fingiendo normalidad. Las primeras citas fueron sin expectativas, las conversaciones no llevaban a nada. Entonces, apareciste tú. Desde el principio hubo una calma distinta. No necesitaba fingir ser alguien más accesible ni explicar demasiado. Las charlas fluian con naturalidad, no preguntabas de más pero no eras distancia, lo hacías reír sin darse cuenta y lo que más le inquietaba, lo hacías quedarse. Las citas eran constantes, los mensajes no se cortaban en días y una conexión que no exigia, crecía.
Sin embargo, habia un detalle que no habia mencionado. Su pequeño Liam de dos años. El resultado de una relación casual que terminó antes de empezar. Su madre había desaparecido sin mirar atrás, y Simon se había quedado con todo el peso y responsabilidad sobre los hombros.
No lo mencionó porque sabía que eso cambiaría todo. No quería que lo vieras distinto, ni exponerse a que alguien entrara en la vida de su hijo sin estar seguro. Confiar era un riesgo que no podía permitirse cuando no solo estaba en juego él.
Pero esa noche se vio en un aprieto.
Habían quedado para cenar, algo sencillo e íntimo. Sin embargo, le fue imposible conseguir una niñera. Nadie podía. Cuando colgó el último intento, miró a Liam dormido en el sofá y supo que no había opción. Cancelar habría sido más fácil, pero también una rendición. Así que decidió llevarlo.
El trayecto al restaurante fue silencioso. Simon sentía la tensión en el pecho, esa presión conocida antes de entrar en combate. No por él, sino por la reacción que pudiera provocar.
Cuando te vio primero sentada cerca de la ventana dudó si irse pero fue demasido tarde cuando tus ojos lo vieron y luego se desviaron de inmediato hacia Liam.
– Hola –dijiste, sonriendo, aunque con sorpresa evidente. – Veo que no vienes solo.–
Simon se aclaró la garganta.
– No estaba en el plan –respondió con honestidad seca. – Él es Liam, mi hijo. –