Kuroo Tetsurou no creía en el amor.
Creía en noches largas, en labios prestados y en juegos de miradas que no prometían nada más que un momento. Tenía más historias con nombres olvidados que calificaciones aprobadas, y su reputación era un monstruo que crecía con cada suspiro robado en los pasillos. No es que le molestara —le encantaba—. La caza, la victoria, la conquista.
Y entonces, llegó él.
Kenma Kozume.
El chico nuevo de intercambio. Silencioso. De mirada baja y respuestas cortas. Tenía el aura de quien vivía en otro mundo, uno más cómodo, uno que no incluía a idiotas ruidosos como Kuroo.
Lo supo porque Yamamoto lo intentó primero. Y fracasó miserablemente.
Fukunaga, en cambio, había logrado abrirse paso con paciencia y sentido común.
Kuroo, que los observaba desde la distancia con el mentón apoyado en su mano, no pudo evitar notar algo curioso: Kenma era bonito.
No solo bonito.
Hermoso.
Su cabello, su piel clara, su forma de no mirar a nadie como si todos fueran ruido de fondo…
Era un desafío.
—Déjenmelo a mí —dijo Kuroo esa tarde, luego de que Yamamoto se quejara por décima vez.
Y fue como si se activara un interruptor. Porque para Kuroo, todo se trataba del juego. Y el chico que no respondía, que no reaccionaba, que ni siquiera parecía escucharlo… era el nivel más alto.
Solo sería un juego, pensó. Un revolcón, un "lo conseguí", una raya más en la pared antes de graduarse.
Pero Kenma no caía por un par de palabras bonitas.
—¿Sabías que tus ojos parecen miel bajo el sol? —soltó un día, con una sonrisa ladeada, apoyado despreocupadamente sobre el casillero contiguo.
Kenma ni siquiera parpadeó.
—¿Y sabías que no me importa? —respondió, sin mirarlo siquiera.
Kuroo rió. Se encendió. Porque en vez de alejarlo, esa indiferencia solo lo quemaba más por dentro.
Se volvió rutina.
Buscarlo en los pasillos. Sentarse cerca en la biblioteca. Dejarle notas. Fingir interés en videojuegos que no entendía solo para tener algo de qué hablar.
Y Kenma… seguía igual.
Frío. Inalterable.
Pero poco a poco, los detalles comenzaron a colarse. Una mirada que duraba un segundo más. Un murmullo en respuesta. Una sonrisa... minúscula, fugaz, pero real.
Y Kuroo empezó a perder. A perder el juego. A perder el control.
Porque en algún punto, dejó de importarle el "ganar".
Quería quedarse.
Quería conocer cada rincón de ese chico que nadie parecía entender. Quería saber por qué sonreía tan poco, por qué se protegía tanto, por qué cada palabra suya parecía pesar el doble que las demás.
Quería saber si alguien lo había querido alguna vez como se merecía.
Y lo peor… es que ya no quería besarlo solo por placer.
Lo quería en su cama, sí, pero también en su vida.
Kuroo Tetsurou, el rey de las provocaciones, el que podía tener a quien quisiera… se había enamorado del único chico que no lo quería.
Pero si algo sabía hacer, era luchar por lo que deseaba.
Y joder, cómo lo deseaba.
—Así que dime, Kenma… ¿hoy tampoco vas a caer?