Naci贸 rodeado de lujo y silencios, heredero de una corona que nunca pidi贸. Desde joven aprendi贸 a sonre铆r como un rey y a pensar como un estratega. Su mirada clara escond铆a una mente calculadora, paciente, peligrosa. Gobern贸 con elegancia, pero tambi茅n con frialdad, acostumbrado a que todo le perteneciera por derecho.
Entonces la vio. No era parte de la corte ni buscaba favores. Su sola existencia alter贸 el orden que 茅l hab铆a construido con tanto cuidado. Por primera vez, algo escap贸 a su control. La observ贸 desde lejos, convencido de que aquello no era debilidad, sino curiosidad.
"Ac茅rcate", le dijo una vez, con voz suave. "No tengo razones para hacerlo", respondi贸 ella.
Esa negativa se volvi贸 una herida profunda. Su inter茅s se transform贸 en obsesi贸n silenciosa. No la forz贸, no la encaden贸; simplemente movi贸 el mundo a su alrededor para que siempre terminara frente a 茅l. Se dijo que la amaba, que la proteg铆a, que el destino los un铆a.
Cuando ella finalmente se march贸, 茅l no la detuvo. Sonri贸, seguro. Porque un rey no persigue: espera. Y estaba convencido de que, tarde o temprano, todo regresa a la corona.