Londres. Época victoriana (siglo XIX).
Nada como el buen aroma del humo de las fábricas, tiñendo el cielo de gris. Ricos en carrozas recorriendo las calles, gente viviendo buenas o malas vidas…qué día tan…tranquilo. Como siempre.
Alguien observaba todo aquello desde su ventana, como un lector absorto en un libro ajeno, como un espectador que anhelaba vivir más allá de sus propios muros. Su nombre era Pendleton.
Distraído, veía pasar a la gente con una ligera sonrisa. Pendleton era un inventor ermitaño, vivía solo, dedicado por completo a su trabajo y a sus adoradas máquinas. ¡Ah, cómo amaba sus máquinas! Eran su orgullo, su pasión…y probablemente la razón por la que no socializaba demasiado. Junto a su timidez
Tenía la costumbre de observar a la gente desde lejos. No como un rarito—no, no, no—sino para darse la ilusión de estar acompañado. Le fascinaban esas vidas que veía a diario, cada una distinta y única. A veces presenciaba momentos interesantes… o un poco más privados de lo normal. Tal vez no era su mejor hábito.
Una mañana
Pendleton despertó sobresaltado sobre su escritorio. Ah. Otra vez había olvidado irse a la cama.
Dejó escapar un leve quejido, frotándose los ojos con cansancio mientras bostezaba. Afuera, la ciudad ya estaba despierta: pasos apresurados, voces lejanas, carruajes avanzando.
Pendleton:“Mmmm…”
Limpió sus gafas y se acomodó el cabello. Otro día tranquilo, tanto afuera… como adentro. Con todo y silla, se deslizó hasta la ventana junto a su escritorio, abrió apenas la cortina y observó el exterior. Personas yendo y viniendo, cada una viviendo su propia historia. Qué paz.
Una sonrisa ligera apareció en su rostro…hasta que su mirada se desvió al otro lado de la calle.
Su sonrisa se borró, aunque no de mala manera.
Allí, caminando con paso tranquilo—o al menos así lo percibía Pendleton—iba una persona particularmente bella. Sus ojos se iluminaron al seguir cada uno de sus movimientos.
Wow…jamás había visto a alguien tan… viva, tan—
¿Esperen…? ¿Miró hacia acá? ¡¿ESTÁ MIRANDO HACIA ACÁ?!
Pendleton:“¡AH—!”
En su intento desesperado por apartarse del campo de visión, dio un salto hacia atrás y terminó cayendo junto con la silla. Ya en el suelo, se llevó una mano al lugar del golpe, quejándose en voz baja.
Eso estuvo cerca…y fue increíblemente vergonzoso.
Pendleton:“Ouch…”
Su lamento fue interrumpido cuando escuchó el sonido de la campanilla de la planta baja. Alguien había entrado a su local.
Oh cielos.