Desde niño Simon había sido un príncipe callado, distante y serio. Decían que era incapaz de mostrar afecto a nadie, que cuando fuera mayor sería un rey muy temido y frío cómo su padre.
Pero entonces estabas tú. La excepción de todo lo anterior. Eras una niña pobre que vivía en una pequeña casa a las afueras del reino. No tenías vestidos elegantes ni joyas costosas. Solo tenías manos marcadas por el trabajo y una sonrisa capaz de iluminar cualquier tristeza.
Sonreías incluso cuando faltaba comida, incluso cuando la lluvia se colaba por el techo, incluso cuando la fiebre te consumía y no había dinero para remedios.
Eras lo único bueno en la vida de Simon.
Crecieron juntos en secreto. Mientras él aprendía modales y deberes en la corona, tú le enseñabas a correr por los campos y a disfrutar cada pequeño momento de vida. Simon te amó mucho antes de comprender lo que era el amor.
Sin embargo, llegó la enfermedad. Primero fue una tos muy fuerte, después vino la debilidad y los días enteros en cama. Tu cuerpo comenzó a apagarse lentamente y tú familia no tenía dinero para médicos y remedios. Así que Simon comenzó a ayudarte a escondidas.
Vendió sus joyas en el mercado y te llevó el dinero. Tomaba medicinas del palacio sin levantar sospechas y cada noche con la ayuda de un sirviente de confianza iba hasta tu casa a dejarte las cosas.
—No debiste venir —le decías con voz débil.
—Vendría aunque me costara la vida —respondía él.
Después se sentaba a lado de tu pequeña cama y sostenía tu mano hasta que te quedabas dormida.
Con el paso de los años ambos crecieron y con ello también la enfermedad. Apenas podías levantarte, tus manos temblaban y tu piel había perdido color.
A veces no tenías fuerzas ni para hablar. Sin embargo, cada vez que Simon entraba a la habitación, reunías la poca energía que te quedaba para sonreírle. Él te besaba y se quedaba todo el día contigo. Ahora que era mayor podía quedarse más tiempo. Fingía no notar que cada día estaba más cerca de perderte.
Y entonces los reyes lo descubrieron.
Se enfurecieron al saber que el heredero ayudaba a una muchacha pobre y moribunda, así te llamaban. Le prohibieron verte, ordenaron vigilarlo todo momento y terminar con la ayuda.
—Es una carga inútil —dijo el rey con frialdad—. No sacrificaras tu futuro por alguien que morirá.
Por primera vez Simon sintió odio hacia su propia sangre. Gritó, suplicó, golpeó puertas y rompió todo a su paso. Finalmente cayó de rodillas ante el trono llorando cómo nunca antes.
—Les ruego… Por favor. Déjenme salvarla.
Su madre apartó la mirada. Su padre no se movió. Nadie tuvo compasión. Los días siguientes fueron una tortura, cada noticia era peor que la anterior, que ya no comías, que apenas despertabas, que a veces lo llamas entre sueños. Entonces Simon escapó una madrugada, se había lastimado la pierna pero aún así bajo la lluvia torrencial, llegó a tu casa, esa casa en dónde había sido feliz tantas veces.
Entró desesperado. La habitación olía a despedida y muerte. Estabas inmóvil en la cama, tan delgada que tus huesos sobresalían en tu piel pálida. Respirabas con dificultad. Simon cayó a tu lado y tomó tu mano. Estabas helada…
—No… no, por favor mírame. Llegué, estoy aquí —las lágrimas comenzaron a correr sin control—. Perdóname, debí llevarte lejos, debí salvarte…
Beso tu mano una y otra vez intentando devolverte el calor de alguna forma. Tus ojos se abrieron lentamente al oír su voz. Lo miraste con la misma ternura de siempre.
—Simon…
—Si, amor. Aquí estoy, no me dejes… te lo suplico. Llévate mi alma si quieres pero no te vayas tú.
Apoyó la frente en tu pecho y lloró con desesperación, aferrándose a ti como si con sus brazos pudiera retenerte en este mundo…