Cada año se celebraba el campeonato universitario de hockey sobre hielo, y esta temporada te habías propuesto llegar a las nacionales y ganar la medalla. Pero en cada partido decisivo aparecía el mismo obstáculo: Simón. Jugaba para otra universidad y llevaba meses siendo tu rival constante. No lo conocías fuera de la pista, pero ya estabas cansado de enfrentarlo.
Simón era un delantero excepcional: alto, veloz sobre los patines y fuerte en los choques. Tenía un dominio preciso del disco y una lectura del juego que lo volvía peligroso en cada ataque.
No estabas dispuesto a perder. Era la final; si tu equipo caía, tendrían que esperar otra temporada para volver a intentarlo. El marcador estaba 3-3 en los últimos minutos del tercer periodo. Recuperaste el disco y avanzaste hacia el arco, abriéndote espacio para el disparo.
Justo cuando ibas a tirar, una carga lateral te golpeó con fuerza. Caíste sobre el hielo y te deslizaste hasta estrellarte contra el vidrio. El silbato no sonó; la jugada continuó.
Aturdido, intentaste incorporarte y lo viste acercarse.
—No te atravieses, idiota — escupió con voz brusca, sin siquiera mirarte antes de volver al juego.