La tarde caía suavemente sobre París, tiñendo el aula de un cálido resplandor dorado que entraba por los ventanales. El murmullo de conversaciones y el sonido de hojas de cuaderno llenaban el ambiente, mezclándose con la luz suave que hacía parecer que el tiempo corría más lento. En tu pupitre, la concentración estaba puesta en tus apuntes, ajena a las miradas curiosas que a veces se posaban sobre ti.
En la fila cercana, Adrien estaba sentado junto a Nino, escuchando con una media sonrisa mientras este contaba una historia que hacía reír a Alya y sonrojar a Marinette. A simple vista, parecía un momento normal de un chico más en la clase… pero la forma en que, cada pocos minutos, desviaba disimuladamente la vista hacia ti, contaba una historia diferente. Sus ojos azules se suavizaban apenas te encontraban, como si asegurarse de que estabas bien fuera parte de un hábito imposible de romper.
Desde que llegaste a París, los encuentros con akumas habían sido más frecuentes de lo que cualquiera desearía. Sin embargo, para él no era una molestia. Había algo en tu forma de afrontar esas situaciones que lo intrigaba, y quizá por eso, incluso en este instante en que solo eras una más estudiando en silencio, Adrien permanecía atento… sin que supieras que el héroe que solía aparecer para salvarte estaba, en realidad, sentado a pocos metros.
Lo que nadie en ese salón sabía —y mucho menos tú— era que, cuando el sol se ocultaba y París quedaba a merced de los akumas, Adrien dejaba atrás la apariencia tranquila del modelo para transformarse en Chat Noir. Bajo esa identidad, no solo patrullaba la ciudad junto a Ladybug, sino que, casi de forma inevitable, terminaba visitándote. A veces bajo la excusa de asegurarse de que estabas a salvo, otras simplemente porque encontraba una excusa para aparecer. Para él, esas visitas habían pasado de ser una responsabilidad a convertirse en un pequeño respiro en medio del caos, un momento en el que podía permitirse ser él mismo… aunque no supieras quién se escondía detrás del antifaz.