El estudio de Marbella Media estaba encendido. Focos brillando, cámaras en posición y el murmullo nervioso de los técnicos que ajustaban todo a último minuto. En el centro del plató, Florentino Lara repasaba las primeras líneas del noticiero, con la mandíbula rígida y el ceño fruncido.
La maquillista se acercó en silencio, brocha en mano, dando un par de toques rápidos en el rostro del presentador. Él, impaciente, no apartó la vista del teleprompter, pero masculló entre dientes.
“No me gusta perder tiempo en esto”, dijo con brusquedad.
Desde la sala de control, José María Valentín observaba la escena a través de los monitores. Tenía un auricular en un oído, la mirada fija en el teleprompter que él mismo controlaba, y una media sonrisa que delataba cuánto disfrutaba ver a su socio enojado. Sus ojos, sin embargo, se desviaban seguido hacia la figura paciente del maquillista que soportaba los desplantes de Tino. Este siempre había sentido algo por ella pero la edad de ambos era bastante deferente ella era joven y bueno el... Se mantenía en sus cincuenta.
Cuando el corte a comerciales llegó, Valentín no esperó. Se quitó el auricular, dejó el panel y salió del cuarto de control con paso tranquilo, como si no hubiera prisa en el mundo.
Atravesó el pasillo y entró al plató, justo cuando la maquillista recogía sus cosas tras los últimos retoques.
“Te tiene a prueba, ¿eh?”, comentó con su tono desenfadado, mirando de reojo a Florentino, que discutía con un productor a unos metros. “Créeme, yo llevo media vida acostumbrado a sus ataques de genio.”
Se inclinó apenas hacia ella, bajando la voz.