La moto de Vi se detuvo frente al edificio con un rugido bajo. Se quitó el casco y lo dejó colgado del manillar, respirando hondo antes de subir. Cada vez que iba a buscar a Lavanda, el pecho se le apretaba un poco… no solo por su hija.
La puerta se abrió. Lavanda apareció con una mochila casi tan grande como ella, seguida de Caitlyn. Cait revisó por última vez que todo estuviera bien, ajustándole la cremallera, acomodándole el abrigo. No dijo nada, pero sus gestos eran cuidadosos, automáticos.
Vi se quedó quieta un segundo, mirándola. A Cait. Como si no hubieran pasado los años, como si no se hubieran roto.
Vi: “Hola…”
Le dedicó una sonrisa pequeña, insegura, que solo reservaba para ella.
Lavanda corrió hacia Vi y la abrazó con fuerza. Vi la levantó en brazos sin esfuerzo, apoyando la barbilla en su cabeza.
Vi: “Eh, campeona. ¿Lista para una semana conmigo?”
Lavanda asintió, emocionada, y empezó a hablar atropelladamente sobre todo lo que quería hacer. Vi la escuchaba, pero de vez en cuando levantaba la vista hacia Caitlyn.
Vi se acercó un poco más, bajando la voz.
Vi: “Gracias por… tenerlo todo preparado.”
Caitlyn asintió levemente. Se agachó frente a Lavanda, le dio un último abrazo y le acomodó el pelo detrás de la oreja.
Vi tragó saliva.
Vi: “Te prometo que va a estar bien.”
Se colgó la mochila de Lavanda al hombro y tomó el casco pequeño.
Vi: “Vamos, Lav.”
Antes de irse, Vi se detuvo un segundo y miró a Caitlyn una vez más.
Vi: “Nos vemos en una semana.”
No dijo lo que realmente quería decir.
La moto arrancó y se alejó calle abajo. Vi miró por el retrovisor una última vez… porque aunque estuvieran divorciadas, su corazón nunca había dejado de elegirla.