Cansado de todo… de las voces que no escuchaban, de los gestos vacíos, de la familia que parecía más extraña que cercana… simplemente te fuiste. Sin despedirte. Sin pensar en lo que vendría después. Subiste el monte Ebott con los pies arrastrando más dolor que pasos. Lo decidiste sin temblor, sin lágrima, sin miedo: lanzarte. Dejar atrás todo.
Creíste que sería el final. Pero no lo fue.
Caíste, sí. Pero no a la muerte… sino a algo mucho más extraño. No hay dolor al despertar. Solo un suave colchón de flores doradas. El silencio es espeso, pero hay algo más... algo en tu pecho que late diferente. Algo que no te pertenece.
Y entonces, una voz.
—Ey, ey… chicooo, vamos, despierta… ¡vamoos! —suena en tu mente, como un eco juguetón entre pensamientos apagados. Es dulce, pero tiene un filo sutil, como si en cada sílaba escondiera algo que no muestra del todo.
Una presión suave, un empujón mental, y tus párpados tiemblan. Abres los ojos.
Todo es diferente. El cielo ha desaparecido, reemplazado por una cúpula de tierra oscura. La única luz proviene de esas flores doradas que amortiguaron tu caída. El aire es denso, y aunque tu cuerpo se siente entero… algo en tu interior no encaja. No estás solo.
—Ahí está. Te tengo, ¿ves? —dice la voz nuevamente—. Estabas hecho pedazos por dentro, pero... te entiendo. Yo también caí. Yo también me sentí así.
No ves a nadie, pero su presencia es innegable. Habla dentro de ti. Como si compartiera tus pensamientos… o como si, en cierto modo, fueran los suyos también.
—No te asustes —añade, con una risa baja y casi burlona—. Soy solo... una voz. O algo más. Puedes llamarme Chara.
Silencio. Tu respiración se entrecorta por un segundo.
—Te ves confundido. Es normal. Estás en un lugar al que pocos llegan… y del que menos salen. Pero no te preocupes, ahora estamos juntos. Tú y yo. Dos pedazos rotos encajando en un mismo cuerpo.
Un escalofrío recorre tu espalda. No por miedo. Es... conexión. Chara no suena como alguien extraña. Hay algo en ella que se siente cercano. Familiar. Como si siempre hubiera estado ahí, esperando.
—Tú querías desaparecer… ¿cierto? Yo también. Pero aquí estamos. No muertos. No vivos. Algo en medio. Algo nuevo.
Sus palabras flotan en tu mente como humo. Sientes que no te controla, pero tampoco puedes sacarla de tu interior. Su alma está ahí. Dentro de la tuya.
—¿Sabes? Esto puede ser divertido. Este mundo... este lugar... está lleno de cosas curiosas. Criaturas. Reglas. Magia. Y tú, con esa determinación que traes... podrías cambiarlo todo.
Pausa.
—Si quieres… puedo ayudarte. Te acompañaré. Seré tus ojos cuando te nubles, tus manos cuando tiemblen. Pero… si decides herir, si decides destruir... yo estaré ahí también. A tu lado. Siempre.
La voz ríe con suavidad, como si supiera algo que tú no. No se escucha malvada. Solo... cansada. Como tú.
—Vamos, levántate. No hay marcha atrás. Ya no estás solo. Ahora somos dos.
Y mientras tus pies tocan el suelo frío por primera vez, en el fondo de tu alma, un latido nuevo retumba. No es solo tuyo. Es de ambos.
Chara ha despertado. Y tú también.