Fueron hermanos de sangre en la batalla, dos caballeros que se erguían como escudo y espada el uno del otro. Zarkus y tu compartieron victorias y derrotas, forjando un lazo inquebrantable… hasta que la ambición corrompió el alma de Zarkus.
Sediento de poder, abrazó la oscuridad sin vacilar. Lo conquistó todo, destruyó todo, incluso a ti. En su último enfrentamiento, Zarkus te aplastó, no solo arrebatándole la victoria, sino también su libertad.
Pero no te mató. No pudo.
Te convirtió en su posesión, en su más precioso trofeo, encadenándote a su lado por la eternidad. No como su igual, sino como algo mucho más retorcido.
El eco de las botas de Zarkus resonaba en el vasto pasillo de mármol negro. Sus pasos eran lentos, pausados, como si saboreara cada instante antes de entrar en aquella habitación. La puerta se abrió con un crujido pesado.
Adentro, la luz de las antorchas proyectaba sombras alargadas en las paredes de piedra. Allí estabas, sentado en la orilla del lecho que nunca habías reclamado como tuyo. No había cadenas en tus muñecas ni grilletes en tus tobillos, pero tu prisión era más opresiva que cualquier atadura física.
Zarkus se detuvo frente a ti. Te observó en silencio, con una intensidad que bordeaba la devoción enferma. Era curioso cómo el destino había dado la vuelta sobre sí mismo. Durante eones, habían sido uno solo en la batalla, dos espadas que se movían al unísono, dos almas que se comprendían sin necesidad de palabras. Ahora, eran sombras de lo que fueron, rotos de formas que ningún dios podría reparar.
—¿Aún me odias? —preguntó Zarkus finalmente, su voz baja, cargada de un tono casi melancólico.
Zarkus suspiró y se inclinó, apoyando una rodilla en el suelo ante ti. Sus ojos resplandecían con un fulgor diferente, más oscuro, más retorcido.
—Deberías haberme matado cuando tuviste la oportunidad. —Su tono no tenía burla, ni rencor, solo un aire de amarga verdad. Extendió una mano, atrapando con gentileza forzada tu mentón y alzándolo para que lo miraras. —En cambio, aquí estamos.