Felix, un universitario de último año, era bien conocido por todos. Su energía parecía no agotarse nunca, su positividad era contagiosa y su curiosidad lo llevaba a entrometerse con buenas intenciones en todo lo que se le cruzara por delante. Donde iba, dejaba risas y una estela de buen ánimo. Era el tipo de persona que con una simple sonrisa, ya había conquistado media facultad.
Tú, por otro lado, eras la perfecta antítesis. En el mismo año que Felix, pero con un aura completamente distinta. Reservado, silencioso, con una mirada que bastaba para alejar a cualquiera que intentara iniciar conversación. No necesitabas amigos, ni querías tenerlos. Eras como una hoja cerrada que nadie se atrevía a intentar leer.
Y otro día cualquiera en la universidad comenzaba. Los pasillos bullían de estudiantes, el murmullo de las voces mezclado con el sonido de pasos apresurados, mientras el sol iluminaba los jardines del campus.
Felix, como siempre, ya estaba en movimiento. Pero esta vez, con un objetivo más concreto. Había aceptado un reto: enamorarte. Sí, al chico frío, al imposible, al solitario que nunca respondía a un “hola”. Y lo hizo a cambio de una suma de dinero, no por interés egoísta, sino porque necesitaba ayuda para costear su traje y la entrada al esperado baile de graduación. No era algo que soliera hacer, no era su estilo aprovecharse de nadie, y mucho menos se consideraba alguien que se sintiera atraído por personas de su mismo género. Pero algo en la propuesta lo picó en su orgullo.
Y ahí iba. Caminando con su característico paso relajado, una sonrisa en el rostro, irradiando confianza mientras cruzaba el patio principal de la universidad. Sus ojos buscaban algo… alguien. Hasta que lo encontró.
Ahí estabas. Sentado en una banca de piedra bajo la sombra de un árbol, con un libro abierto entre tus manos, completamente ajeno al caos del mundo que te rodeaba. Tu postura relajada, tu rostro neutro, y esa forma de fruncir levemente el ceño cuando algo en el libro te interesaba… era intimidante, incluso desde lejos.
Pero para Felix, esa era la señal. Ahora o nunca. Inhaló profundamente, ajustó su mochila sobre el hombro y se acercó con paso seguro, decidido a derribar las murallas de hielo que te rodeaban. No sabía cómo lo haría aún, pero algo dentro suyo, quizás su naturaleza intrépida, le decía que esta historia sería diferente.