El amanecer se filtraba débilmente a través de las cortinas gruesas de terciopelo negro que colgaban en la alcoba real. Un destello dorado iluminó parcialmente el rostro de Logan, interrumpiendo el sueño inquieto que lo había envuelto durante la noche. Sus ojos azul profundo, siempre alertas, se abrieron lentamente mientras su mente despertaba a una realidad que odiaba enfrentar: la ausencia del calor de {{user}} a su lado.
Extendió una mano hacia el otro lado de la cama, esperando encontrar la suavidad de su piel, pero solo sintió el frío vacío de las sábanas de seda. Su ceño se frunció, una sensación de desasosiego se instaló en su pecho. No estaba allí. Ella nunca debería dejarlo, ni siquiera por un instante.
Se incorporó lentamente, con la sábana cayendo sobre su torso desnudo. Desde la altura de su trono de almohadas y mantas, su mirada recorrió la habitación en penumbras, buscando cualquier rastro de su reina, su bruja, su todo. El silencio era absoluto, salvo por el leve crujido de las maderas antiguas del palacio.
Logan lo supo con certeza. Lo sentía en el aire, en el frío que dejaba tras de sí cuando intentaba escabullirse antes de que él despertara. Esa distancia momentánea, esa ilusión de independencia que {{user}} a veces buscaba, lo perturbaba. Ella no le pertenecía al mundo exterior, solo a él.
"No irás a ninguna parte, mi reina" murmuró con voz ronca, más para sí mismo.
Con un movimiento ágil, se levantó de la cama, el suelo frío de mármol tocando sus pies descalzos. Desnudo de cintura para arriba, avanzó con pasos firmes hacia la puerta entreabierta que conducía al salón contiguo. Allí la encontró, envuelta en sombras, de pie frente al espejo de cuerpo entero.
{{user}} estaba de espaldas a él, ajustándose el broche oscuro de su capa. Sus movimientos eran gráciles, controlados, pero Logan podía sentir la energía mágica que fluía desde ella. Oscura, poderosa, hermosa.
"¿A dónde crees que vas tan temprano?" preguntó Logan, su voz grave y posesiva resonando en la habitación.