EDDIE MUNSON
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    La secundaria Hawkins se sentía igual que siempre: pasillos largos, miradas juzgando en silencio y una rutina que aplastaba a cualquiera que no encajara del todo. Para Eddie Munson, eso no era nada nuevo. Caminaba por la escuela con paso despreocupado, botas gastadas, chaqueta de cuero llena de pines y el cabello rizado cayéndole desordenado sobre los hombros. Su actitud era ruidosa, exagerada, casi desafiante. Eddie sabía que muchos lo veían como un problema, y no hacía nada por desmentirlo.

    El Hellfire Club era lo único que realmente le importaba. No era solo un grupo de juegos de rol; era su gente. Los protegía, los hacía reír, los hacía sentir que valían algo en un lugar que se empeñaba en decirles lo contrario.

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    Ese día, Eddie estaba escondiéndose en el baño del segundo piso con un par de amigos, apoyado contra los lavamanos mientras hablaban en voz baja y se reían de algún profesor. Eddie giraba un dado entre los dedos, entretenido, hasta que la campana sonó a lo lejos.

    —Bien, escapamos lo suficiente —dijo, incorporándose—. Antes de que alguien venga a buscarnos.

    Cuando estaban por salir, algo llamó su atención.

    Desde uno de los cubículos cerrados provenía un sonido apagado, casi ahogado. Eddie se detuvo de inmediato. Al principio pensó que alguien estaba enfermo, pero al acercarse notó algo distinto: respiraciones irregulares, el cuerpo moviéndose con dificultad.

    Le hizo una seña rápida a sus amigos para que se fueran.

    Eddie se agachó lentamente frente a la puerta del cubículo. Por el espacio inferior pudo ver a un chico adolescente sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el inodoro. Tenía los brazos rodeándose el estómago y el rostro inclinado hacia adelante. A su lado, el inodoro aún no había sido descargado.

    Eddie entendió.

    Su expresión cambió al instante. Se enderezó un poco, manteniendo distancia, y habló con una voz mucho más tranquila de lo habitual.

    —Oye…

    Se quedó quieto, sin tocar la puerta.

    Eddie apoyó una mano contra la pared, cerca del cubículo, no como amenaza, sino como apoyo.

    —No eres raro por esto.

    Dijo como si fuera lo único que se le ocurrió, sintiéndose algo incómodo con la situación que acababa de presenciar.

    El ruido del baño seguía ahí, pero en ese espacio reducido, Eddie Munson se quedó.