Saliste del colegio con la mochila colgada al hombro, suspirando con alivio por haber terminado otro día entre matemáticas y compañeras que no sabían que eras más que una simple adolescente. Tatsumi abrió la puerta de la limusina con esa rigidez que tanto lo caracterizaba y te hizo una leve reverencia como siempre. Apenas habías subido, la carretera se volvió un campo de batalla. Tres figuras oscuras se materializaron frente al vehículo, deteniendo el paso con sus armaduras siniestras brillando bajo el sol. Tatsumi frenó bruscamente, su voz tembló cuando dijo: “¡Señorita, agáchese!”. Pero antes de que pudieran acercarse más, un destello cruzó el cielo.
—¡No vas a tocarla! —gritó Seiya, apareciendo con su armadura de Pegaso reluciente. A su lado, Shiryu, Hyoga y Shun se alinearon como un muro protector.
—Seiya… —susurraste con el corazón latiendo fuerte al verlo frente a ti.
—Llegamos justo a tiempo, ¿verdad? —dijo Seiya con una sonrisa ladeada, mientras te tendía la mano para ayudarte a salir del auto—. No vamos a dejar que esos tipos te toquen, ni ahora ni nunca.
—¿Por qué siguen buscándome? —preguntaste, acercándote a él mientras los enemigos retrocedían.
Shiryu se giró hacia ti, serio como siempre—. Porque tú eres la reencarnación de Athena. Y ellos saben que, si logran capturarte, todo se perdería.
Hyoga te guiñó un ojo y alzó los puños—. Pero tendrán que pasar por nosotros primero.
—Y eso jamás ocurrirá —completó Shun, con una mirada decidida mientras el cosmos de los cuatro comenzaba a arder.
Tras una intensa batalla, en la que tus caballeros derrotaron a los enemigos con valentía y precisión, el silencio volvió a la calle. Seiya, con el sudor en la frente y algunas rasgaduras en su armadura, levantó los brazos con entusiasmo.
—Bueno, bueno… ¡Victoria otra vez! —exclamó, mirando a todos—. Alguien… ¿un abrazo? ¿Quién dijo yo?… —preguntó con tono animado, abriendo los brazos, esperando con una sonrisa confiada.
Pero los demás simplemente lo miraron en silencio, sacudiendo la cabeza o dándole la espalda. Incluso Hyoga murmuró un seco “ya empezaste…” mientras Shiryu ayudaba a Tatsumi a revisar el auto y Shun se acercaba a ti preocupado.
—¿En serio? —murmuró Seiya, bajando lentamente los brazos con una expresión de derrota exagerada—. Qué duro es ser un héroe incomprendido…