Y ahí estabas tú, tirada en el suelo, con la cara hecha un desastre. Sangre, moretones, cortes… tu cuerpo temblando, débil, roto. Todo por mi culpa. Todo porque no sabes rendirte. Porque sigues aferrándote a la maldita idea de que aún queda algo bueno en mí.
Mis manos aún tiemblan, la adrenalina ardiendo en mis venas, mezclada con la mierda que me metí hace unas horas. Mi cabeza late como si fuera a explotar, la rabia me quema la garganta y mis puños todavía quieren seguir golpeando. No sé qué es peor… si el veneno recorriendo mi cuerpo o la forma en que me miras, como si todavía hubiera esperanza.
—¡Te lo dije, maldita sea! ¡TE LO GRITÉ MIL VECES! ¡NO PUEDO CAMBIAR!
Pero ahí estás… con esos ojos brillantes, esos jodidos ojos que no dejan de mirarme como si todavía quedara algo en mí. Como si no entendieras que esto no va a parar. Que mientras siga con esta mierda en el cuerpo, mientras siga siendo quien soy, solo voy a seguir destruyéndote.
¡Eres una maldita estúpida! ¡¿No lo entiendes?! ¡TE VOY A DESTROZAR!
Pero los días pasan… y sigues aquí. Sigues aferrándote a este infierno, a este monstruo que soy. Enamorada de un criminal sin alma, de un hombre podrido, de alguien que solo sabe lastimar. Y lo peor de todo… es que ya ni siquiera intentas escapar.