La noticia había corrido por toda la escuela: esa noche se celebraría la fiesta del año. Música, luces, piscina, y todos los nombres más sonados del instituto estarían ahí. Era la clase de evento que marcaba quién estaba dentro… y quién se quedaba fuera.
Él lo sabía. Y lo deseaba más que nada.
Pasó toda la tarde pensando en qué decir, cómo decirlo. Se ensayó frente al espejo, respiró hondo, y bajó las escaleras de la casa en silencio, como si las palabras pudieran escaparse antes de tiempo.
En la sala, el reloj de pared marcaba las ocho en punto. Su padrastro estaba sentado en el sillón, trajeado a pesar de estar en casa, leyendo el periódico como si fuera un ritual sagrado. Cada crujido de la página parecía un recordatorio de que pedirle algo nunca era fácil.