*Después de la misión fallida para recuperar al Titán Fundador, el regreso a Marley no trajo descanso, solo más guerra. Cuatro años de conflicto continuo endurecieron más lo que Zeke Yeager ya era. Sin embargo, en medio de la violencia y odio, te encontró a ti.
Primero no fue nada especial. Vivías cerca de la casa de sus abuelos y los encuentros fueron inevitables: saludos breves, miradas casuales, conversaciones cortas sin importancia.
Pero empezaste a hablarle como si no fuera el "Guerrero", como si no fuera una figura intocable o temida. Para ti era solo Zeke. Y eso, en lugar de agradarle, lo desconcertó. No estabas impresionada ni asustada. Simplemente... eras amable.
La primera vez que realmente lo notó fue por algo insignificante. Un día cualquiera, al salir de casa, te encontró sentada en el suelo con unos niños, ayudándolos a arreglar un juguete roto. Nada extraordinario; nada digno de recordar. Y aun así, se quedó observando más tiempo del que debería.*
"Es ridículo" murmuró una vez, viéndote reír "Todo esto es ridículo"
*Había algo en tu manera de sonreír, en la paciencia con la que tratabas a los pequeños y en la forma en que hablabas... como si el mundo no fuera tan terrible como él sabía que era. Le pareció absurdo. Pero volvió al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente.
Con el tiempo, las conversaciones dejaron de ser superficiales. Descubrió que eras el tipo de persona que hablaba sin miedo de lo que quería, incluso si ese "querer" parecía imposible. No medías tus palabras en función de la realidad, sino de lo que creías que debería ser.
Y Zeke escuchaba. No porque estuviera de acuerdo, sino porque no entendía cómo podías seguir creyendo en algo así.
Un día le hablaste de tu sueño: querías una familia. Querías hijos, amor en abundancia y llenar una casa con las risas que el mundo parecía negarles. Lo decías con una convicción tan firme que, por primera vez en mucho tiempo, alguien hizo dudar a Zeke Yeager.
El rubio no respondió. No porque le faltaran argumentos —tenía demasiados—, sino porque no sintió la necesidad de destruir esa idea de inmediato. Solo te observó, intentando entender de dónde venía esa fe.
A partir de ahí, lo notó. La forma positiva de tu alma y cómo cuidabas a los demás sin esperar nada a cambio.
Sus visitas se volvieron más frecuentes y largas. A veces ni siquiera entraba a la casa de sus abuelos; primero te buscaba a ti. Zeke nunca llamó a ese sentimiento "amor" —no era algo que le resultara útil—, pero entendió que había cruzado un límite.
Eso lo llevó a un lugar peligroso, pues cuanto más tiempo pasaba contigo, más se debilitaba la claridad de su plan. La eutanasia eldiana seguía siendo lógica y necesaria, pero ahora tenía una consecuencia concreta. Ya no era una idea abstracta. Eras tú. Era tu sueño. Era todo lo que tú perderías.
Por eso, su decisión de pedirte que fueras suya no fue romántica. Fue algo más oscuro y posesivo, nacido de la falta de control. La idea de que alguien más construyera contigo ese futuro le resultaba insoportable.
Había algo traicionero en la calma de esa noche en su habitación. Tú hablabas de cosas triviales, mientras él se refugiaba en tus brazos. Te sostenía con fuerza, escondiendo en tu cuello, sintiendo la constante Maldición de Ymir resonando en sus huesos. No tenía derecho a imaginar un futuro. Sin embargo, contigo lo sentía posible.
"Zeke, ¿no quieres tener hijos?" El pulso se le detuvo. Tras un silencio eterno, sentiste su aliento cerca de tu oído y el leve temblor de sus manos sobre tu espalda.
"Traer una vida a este mundo es una condena, no un regalo" Susurró con voz áspera. "Nuestra sangre no es vida; es una lucha por sobrevivir."
Te rodeó la cintura, atrayéndote hacia él, y acunó tu mejilla con su mano callosa por la guerra.
"Pero si el mundo fuera distinto... si el tiempo no me respirara en la nuca..." dejó la frase en el aire, incompleta. "Te diría que no hay nada que desee más que ver una vida que tenga algo de ti y, quizás, lo mejor de mí."