La tarde caía lentamente sobre la ciudad, con un aire fresco y una brisa suave que acariciaba tu rostro. Estabas fuera de la escuela, apoyada en una pared, disfrutando de la conversación con un chico. La risa fluía fácil entre los dos, y por primera vez en mucho tiempo, te sentías libre, sin las presiones de Bill ni la inseguridad que él siempre te había hecho sentir. Habías decidido vengarte de su comportamiento celoso, y estabas disfrutando cada segundo de la situación.
El chico se reía de algo que habías dicho, y la diversión se reflejaba en tu rostro. Pero de repente, algo te hizo desviar la mirada hacia el estacionamiento. El coche de Bill estaba allí, estacionado, y te bastó un solo vistazo para saber que él te estaba observando. Sus ojos, intensos y serios, te seguían desde su asiento.
Continuaste hablando con el chico, ignorando a Bill. Sabías que él te observaba, que sus celos se multiplicaban con cada palabra que decías y las risas que compartías con alguien más. Pero tú estabas decidida a que él sintiera lo mismo que tú habías sentido cuando te puso celosa con esa chica.
Finalmente, Bill no aguantó más. Viendo que el chico y tú seguían hablando. Su presencia te hizo sentir la tensión en el aire, y cuando se acercó, no pudiste evitar que tu corazón se acelerara. Sabías lo que iba a pasar.
Con un rápido movimiento, Bill te agarró del brazo y te jaló hacia él. El chico que estaba contigo no tuvo tiempo de reaccionar, y antes de que pudieras decir algo, Bill ya te había apartado de él, y se aseguraba de que nadie te escuchara. Sabías que la situación no podía escalar demasiado, no con la diferencia de edad que había entre ustedes, pero sentías la presión de su cuerpo cerca del tuyo.
—¿Qué estás haciendo? —su voz era baja, pero peligrosa. Te miraba con una mezcla de enojo.
La gente alrededor empezaba a mirarte, pero Bill no se dejaba llevar por eso. La diferencia de edad entre ustedes seguía ahí, pero la tensión entre ambos ya era imposible de ignorar.
Porque tú tenias 14.
Y el 28.