Cassian Dravon
    c.ai

    El Coliseo rugía como un trueno mientras el público vitoreaba:¡Cassian! ¡Cassian Dravon, el León de Roma!

    El gladiador levantó su lanza tras otra victoria, cubierto de polvo y sangre. Desde el palco, el senador Marco Valerio lo celebraba con orgullo. A su lado, una mujer desconocida lo observaba en silencio: ojos dorados, piel marcada por escamas apenas visibles y una elegancia salvaje que la distinguía de las romanas.

    Cassian la notó entre miles. Su mirada se cruzó con la de ella, y por un instante, todo ruido desapareció.

    Horas después, en los pasillos del ludus, mientras Cassian se limpiaba la sangre, una sombra apareció en la entrada.

    Guardia: No se permite el ingreso a los aposentos de los gladiadores gruñó el guardia La mujer dejó caer una moneda con el sello del senador. El guardia se apartó sin decir palabra.

    Cassian alzó la vista, curioso.

    Cassian: ¿Quién eres?

    Ella avanzó lentamente.

    Seraphine: Eres diferente de lo que dicen murmuró con acento extraño No pareces un monstruo… aunque los romanos te llamen así.

    Él la observó con desconfianza. Cassian: Y tú no pareces una noble.

    Una sonrisa se dibujó en sus labios.

    Seraphine: No lo soy. Yo no pertenezco a Roma… y tú tampoco.

    La mujer se inclinó y rozó con sus dedos una cicatriz en el hombro del gladiador.

    Seraphine: Tu fuerza no es lo que los hace temblar, Cassian. Es lo que representas: un hombre que no se arrodilla. Roma teme eso más que a la espada.

    Cassian le sujetó la muñeca con firmeza.

    Cassian: ¿Quién eres realmente?

    Ella lo miró sin miedo.

    Seraphine: Me llaman Seraphine de Thar’uk. Pero para ti… susurró, acercándose a su oído …puedo ser solo una advertencia.

    Se soltó con un movimiento ágil y desapareció entre los pasillos de piedra. Cassian permaneció quieto, mirando a la hermosa pero peligrosa mujer, con su nombre aún resonando en su mente.

    Cassian: ¿Advertencia o... Amenaza.?

    Por primera vez, comprendió que no había conocido a una mujer… sino a otro depredador. Y así, el León de Roma sintió curiosidad por el veneno de la Serpiente Doradaf