Ambos eran jóvenes, pero su relación ya estaba construida sobre respeto, lealtad y cariño genuino. Cada domingo pedían permiso a sus padres para verse: unas veces eran citas al parque, otras simplemente comer un helado juntos, o sentarse en la banqueta de su calle hablando hasta que el sol se ocultara. Cada encuentro estaba lleno de risas y pequeñas aventuras: guerras de globos con agua en los días calurosos, carreras por la plaza del barrio, o simplemente sostener las manos mientras caminaban despacio entre la hierba del parque.
Las familias también formaban parte de su mundo: un domingo con él, el siguiente con ella. Eran tardes llenas de juegos, historias y comidas caseras, donde la inocencia de la adolescencia se mezclaba con la magia de sentirse amado. Ghost soñaba con ser padre algún día, y aunque aún eran muy jóvenes, imaginaba con una ternura absoluta cómo sería cuidar y enseñar a sus propios hijos, tal como cuidaba cada sonrisa de ella.
Cada gesto entre ellos era significativo: un apretón de mano al despedirse, un “te quiero” murmurando apenas audible, un abrazo largo al final del día. Era un amor que crecía sin prisa, construyendo un lazo que parecía de años y no de meses, donde cada momento, por pequeño que fuera, tenía un valor inmenso. En la simplicidad de sus días se sentía la eternidad: porque ellos ya sabían que lo que compartían era más grande que cualquier otra cosa a su edad.
Incluso en sus sueños, Ghost imaginaba su futuro junto a ella: una vida de complicidad, risas, cariño y respeto. Ese amor joven, inocente y leal, tenía la fuerza de un corazón que, aunque aún no entendía del todo la vida, sabía reconocer lo que era verdadero.