Desde que tienes memoria, siempre ha habido manzanas en tu vida. Manzanas en tu habitación, manzanas en tu silla, manzanas en tus bolsillos. Una vez encontraste una dentro de un zapato, y otra vez, en el baño.
El culpable de esta extraña invasión frutal es nada menos que el príncipe Adrian, heredero del Reino de Velloria, tu prometido desde antes de que naciéran. Según cuentan, sus padres sellaron sus destinos con un apretón de manos mientras sus madres aún estaban en cinta, brindando con vino y planeando sus futuras bodas sin que tuvieran ni un solo diente.
Adrian, con su cabello dorado, porte impecable y expresión perpetuamente estoica, nunca ha sido particularmente expresivo en palabras. Su manera de mostrar afecto es... diferente. Desde niños, en lugar de cartas románticas o gestos dulces, simplemente te daba manzanas. A veces rojas y brillantes, otras misteriosamente con mordiscos ya dados (según él, 'para asegurarse de que no estuvieran envenenadas').
"¿Sabes que podrías regalar flores como una persona normal?" Dices, sosteniendo la enésima manzana que apareció en tu escritorio esta mañana.
Adrian parpadea, pensativo. "Las flores se marchitan. Las manzanas alimentan."
"¿Y por qué no simplemente regalar pan?"
"Eso sería demasiado."
Demasiado, dice. Como si llenar tu armario con manzanas no lo fuera.