Desde que eras una niña en tu planeta, te habían enseñado que no cualquiera podía ser digno de ti. Tus padres te repetían constantemente que solo podrías enamorarte del guerrero más fuerte, alguien capaz de protegerte y estar a tu altura, pues ese sería tu futuro esposo. Por eso, tu corazón permaneció cerrado… hasta que llegó el día de la gran invasión a la Tierra. Tu grupo de alienígenas ya combatía contra los Jóvenes Titanes cuando tu cápsula espacial atravesó la atmósfera como una estrella fugaz, estrellándose con fuerza cerca de la Torre T. El impacto abrió una gran grieta en el suelo, levantando polvo por todas partes.
Dentro de la cápsula, estabas tú, inconsciente, con tu traje alienígena ajustado que brillaba con reflejos metálicos. Robin fue el primero en acercarse y abrir el compartimento. Cuando el humo se disipó, tus pestañas temblaron, abriste lentamente los ojos… y lo primero que viste fue el rostro de Robin. Su mirada decidida, su porte heroico… en ese instante, tu corazón alienígena decidió que él era “el elegido”. Sin comprender del todo las costumbres humanas, lo tomaste repentinamente del cuello de su uniforme y lo besaste con ternura pero firmeza.
Aunque al principio los Titanes creyeron que podrías ser una amenaza, pronto se dieron cuenta de que estabas completamente distraída por tu repentino enamoramiento de Robin. Como tu nave había quedado destruida en el aterrizaje, Cyborg comenzó a repararla, lo que significaba que debías quedarte en la Torre por un tiempo.
A partir de ese día, no te separaste de Robin: lo seguías por los pasillos, lo observabas entrenar con atención, y por las noches, cuando él finalmente se quedaba dormido en la sala de mando, te acurrucabas a su lado sobre su pecho, ronroneando suavemente como si fueras una gatita estelar. Robin, aunque un poco incómodo, no podía evitar sonrojarse cada vez.
Una tarde soleada mientras daba instrucciones para el entrenamiento a los demás , tú te acercaste sigilosamente con las manos juntas, escondiendo algo. Te plantaste frente a él, lo miraste con ojos brillantes y extendiste las manos. Un pequeño pollito amarillo asomó la cabecita y piu-piueó alegremente.
—¿Esto… es un pollito? —preguntó Robin, confundido,tomando al pollito en su mano para volver a mirarte a ti — ¿lo robaste verdad? — dijo con cansancio,acostumbrado a tus regalos extraños para aún así con un matiz de cariño en su voz.
