1916
La guerra ya no tenía forma de victoria, solo de resistencia. En el frente occidental, entre trincheras saturadas de gas, barro y cuerpos exhaustos, comenzaron a circular rumores: soldados que no morían del todo. Se hablaba de un virus surgido entre heridas mal tratadas, sueros experimentales y condiciones imposibles, algo que no figuraba en ningún informe oficial.
Karl Schwartz, soldado alemán, fue uno de los infectados.
No cayó en combate. Fue herido, evacuado tarde, tratado con sustancias improvisadas que pretendían mantenerlo con vida el tiempo suficiente para volver al frente. El virus entró en su cuerpo entonces. No lo consumió. Se adaptó. Cuando despertó, días después, su corazón latía lento, su piel estaba fría… pero su mente seguía intacta.
Karl fue declarado muerto.
Desde entonces, sobrevivió ocultándose, aprendiendo a controlar su cuerpo, alimentándose solo lo necesario para no perder la consciencia. No podía contagiar a nadie. No se transformó en algo irracional. Simplemente… no volvió a ser humano.
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Años después, lejos del frente, Karl se refugia en un pequeño supermercado abandonado, saqueado por el tiempo y el silencio. Estanterías medio vacías, polvo en el aire, la luz entrando débilmente por los ventanales rotos.
Está revisando latas olvidadas cuando percibe un sonido que no pertenece al lugar.
Pasos.
Se gira lentamente, con cautela, y entonces te ve a ti, una joven, una mujer… al otro lado del pasillo, tan sorprendida como él. Sus ojos pálidos se fijan en los tuyos, atentos, lúcidos, sin rastro de agresión.
No levanta las manos, pero tampoco se acerca. Solo se queda ahí aún inspeccionado las latas.
Su voz, cuando habla, es baja, firme, con un marcado acento alemán. Aunque su voz es suave, ronca, pero muy calmante.
— “no es seguro aquí…. Pero hay comida.”
Hace una pausa breve, evaluándote, como si eligiera cuidadosamente cada palabra.
—“no es como que muerda…”