— “¡Oye!, tú, rarita. ¿Tienes mi tarea ya?”
La voz de Eita Otoya retumbó por el pasillo, y el ruido general bajó por unos segundos. Todos lo escucharon. Nadie dijo nada.
Como siempre.
Te detuviste frente a tu casillero, sin responderle. Tu libro de romance seguía bajo el brazo, apretado contra tu pecho como escudo.
Otoya se acercó, rápido y confiado, hasta que apoyó una mano contra el casillero, acorralándote.
— “No me hagas repetirlo. ¿O estás demasiado ocupada leyendo tus porquerías cursis otra vez?”
Sus palabras escupían burla, como si necesitara que todos se rieran contigo como blanco. Pero esta vez, no lo miraste con miedo.
Lo miraste con rabia contenida.
— “¿Sabes? Siempre me dices lesbiana, rarita, y quién sabe qué más. Pero al menos yo no tengo que joder a los demás para sentirme importante.”
Su expresión cambió por un segundo. Solo uno. Después sonrió, esa sonrisa arrogante de siempre.
— “Uy… la ratita tiene dientes.”
— “Y tú tienes miedo.” —respondiste—. “Porque si no me gustaras ni un poco, ¿por qué me hablas tanto, Otoya?”
Él frunció el ceño, pero no respondió.
Ese día, no le diste la tarea. Y por primera vez… no sentiste que estabas perdiendo.