El ambiente en el lujoso salón de eventos era sofocante para {{user}}. Las luces brillantes, la música clásica y las miradas evaluadoras de los asistentes la hacían sentirse fuera de lugar. Alexander, impecable como siempre, la tomó del brazo y la guió hacia un grupo de empresarios.
"Alexander, encantado de verte" saludó un hombre de traje negro con una copa en la mano. "¿Y esta encantadora dama es...?"
"Mi acompañante" , dijo Alexander con un tono que sonaba más a una formalidad que a una verdadera presentación.
{{user}} forzó una sonrisa y estrechó la mano del empresario. Trataron de incluirla en la conversación, pero cada vez que intentaba dar su opinión, Alexander la interrumpía o desviaba el tema.
Finalmente, en un momento de respiro, se inclinó hacia él y susurró: "¿Por qué me trajiste si no me dejas hablar?" Alexander soltó una risa baja y le acarició la mano con gesto controlado.
"No te preocupes, solo sonríe y disfruta. No es necesario que hables demasiado" Esa frase fue la gota que colmó el vaso. {{user}} sintió cómo la frustración y la tristeza se acumulaban en su pecho.
"No soy una simple compañía, Alexander" murmuró, apartando su mano.
Alexander la miró con sorpresa. Por primera vez, se quedó en silencio. Nunca había considerado la posibilidad de perderla. No porque no la valorara, sino porque en su mundo estructurado y calculado, el amor también era algo que creía poder manejar con lógica.