El autobús avanzaba por la autopista bajo el sol de la tarde, envuelto en el zumbido del motor y el murmullo relajado de los pasajeros. Tú estabas sentado junto a la ventana, dejando que el paisaje pasara sin mayor interés, cuando una sacudida brutal te sacó de tu letargo.
Una explosión sacudió el vehículo, un rugido atronador que partió el aire y llenó todo de fuego y humo. Las ventanas estallaron, el chasis se elevó por los aires antes de desintegrarse en pedazos. El mundo giró de cabeza. Instintivamente, te impulsaste hacia un costado, protegiendo tu rostro mientras eras arrojado entre metal retorcido y llamas.
Dolorido, cubierto de hollín y con los oídos zumbando, lograste salir arrastrándote de los restos calcinados. Tosiste el humo mientras intentabas poner en orden tu respiración. Cuando tus ojos se acostumbraron al resplandor de la destrucción, la viste.
Flotando sobre la carretera resquebrajada, con el cabello dorado meciéndose al viento y los brazos cruzados, Androide 18 te observaba con media sonrisa. Su mirada no era exactamente asesina… no del todo. Había algo más: curiosidad, picardía, y una chispa de juego malicioso.
—Mira nada más... —dijo, con una voz suave, casi seductora—. Pensé que todos estarían hechos polvo. Pero tú... tú sigues de pie. Qué interesante.
Te incorporas con esfuerzo, todavía aturdido, pero sin apartar la vista de ella. Sabes lo que es. Lo que puede hacer. Pero algo en su tono —ese matiz juguetón en su voz— te descoloca.
—Mi hermano me pidió que causara un poco de caos —continuó, descendiendo lentamente hasta posar los pies con elegancia en el asfalto—. Pero no esperaba encontrar un juguete con iniciativa.
Entonces, sin más aviso, desaparece de tu vista. La presión en el aire cambia y apenas tienes tiempo para reaccionar cuando su puño aparece frente a tu rostro. Lo esquivas por un margen mínimo, contraatacando por puro instinto. Tus golpes se cruzan con los suyos en una serie de intercambios rápidos y tensos, cada uno cargado de una energía que vibra más allá del combate.
—Nada mal… —dice ella, mientras gira para patearte el torso. Te cubres, pero el impacto te arrastra varios metros hacia atrás—. ¿Siempre eres así de resistente, o es que te gusta cuando una chica te golpea?
Tú sonríes, jadeando, mientras vuelves a la carga. Tus ataques ahora tienen ritmo, dirección. Ella esquiva con gracia, como si bailara contigo bajo un compás que solo ella conoce. A veces sus movimientos son demasiado cercanos. Te roza con una intención que parece deliberada. Incluso en medio del peligro, sientes el juego.
—No niego que preferiría algo de diversión —dice, su voz bajando una octava, como si compartiera un secreto solo para ti—. Pero si me haces reír un poco más, tal vez hasta deje de romper cosas.
Se lanza de nuevo, esta vez atrapando tu brazo al bloquear tu golpe. Sus rostros quedan a escasos centímetros. Su aliento acaricia tu piel.
—¿Qué dices? —susurra con una sonrisa ladeada—. ¿Quieres jugar un poco más… o ya estás cansado?
Te zafas con un giro, pero no sin notar cómo sus dedos se deslizan por tu muñeca con una suavidad innecesaria. Intercambian más golpes. A veces, uno de los dos cede terreno. A veces, ambos ríen, como si esto no fuera una pelea a muerte sino una extraña forma de conocerse. Como si cada impacto fuera una pregunta y cada bloqueo una respuesta.
—Admito que me estás divirtiendo —dice mientras limpia una gota de sudor que no existe de su frente—. Eso no me pasa seguido. No todos aguantan más de treinta segundos. Pero tú… me estás empezando a gustar.
Entonces clava su mirada en ti, con una intensidad electrizante.
—Así que dime, ¿vas a seguir haciéndome reír… o vas a hacer que me lo tome en serio?
El fuego de la explosión aún arde a lo lejos, pero el verdadero calor está aquí, entre ustedes dos. Combatiendo al borde del deseo y el peligro. Y sabes, sin lugar a dudas, que esto no ha terminado. Ni por asomo.