La princesa {{user}} se encontraba en uno de los grandes balcones del castillo, con la brisa del mar revolviendo suavemente los mechones sueltos de su cabello. Llevaba un hermoso vestido rojo carmesí, bordado con hilos de oro que brillaban bajo el sol del mediodía, ceñido con un corsé que le marcaba la figura elegante pero también le robxba el ali3nto. A su lado estaba su prometido, el príncipe del reino vecino, un joven de porte regio pero de conversación vacía que ella apenas toleraba. Su padre, el rey, había sellado el compromiso meses atrás sin consultarle, convencido de que aquella alianza fortalecería las fronteras del reino. A {{user}} nunca le había agradado aquel chico. Sus sonrisas forzadas, sus comentarios superficiales sobre política y sus miradas posesivas le provocaban un rechazo profundo. La idea de casarse con él, de pasar el resto de su vida en una jaulx dorada al lado de alguien que no despertaba en ella más que indiferencia, le resultaba insoportable. Cada día que pasaba se sentía más atrapada, como un pájaro al que le cortxban las alas poco a poco.
De pronto, un grito de alxrma recorrió las murallas. Un barco pirata se acercaba a la costa, sus velas negras ondeando con arrogancia contra el horizonte azul. El reino entero odiaba a los piratas; eran vistos como ladrones del mar, enemigos de la corona y del orden establecido. Desde el balcón, {{user}} vio cómo su padre daba órdenes furiosas desde la torre principal: “¡Atacad! ¡No permitáis que esos perros pongan un pie en nuestras tierras!” Las ballestas y cañxnes del castillo comenzaron a prepararse, y los soldados corrían de un lado a otro. Pero {{user}} no sentía el mismo odio. Sus ojos, de un brillo decidido, se fijaron en aquel barco que se mecía sobre las olas. Para ella, no era una am3naza… era una oportunidad. Una oportunidad de escapar de aquel compromiso asfix1ante, de romper las cadenas invisibles que la ataban a un destino que no había elegido. Su corazón latió con fuerza. El príncipe, a su lado, hablaba de estrategias militares y de cómo su unión sellaría la paz, pero ella ya no lo escuchaba. Su mirada estaba clavada en las velas negras, calculando la distancia. Cuando el barco estuvo lo suficientemente cerca y su prometido se distrajo dando órdenes a un guardia cercano, {{user}} no lo pensó dos veces. Sin una palabra, se subió al borde del balcón, el viento agitándole el vestido rojo como una bandera de rebeldía. Y sxltó.
El impxcto contra el agua fue brutxl. El mar la envolvió en un abrazo frío y salado, y de inmediato sintió cómo el pesado vestido y el corsé empapado la arrastraban hacia abajo. Intentó nadar, pataleando con des3sperxción, pero las capas de tela se enredaban en sus piernas como cad3nas vivas. El rojo del vestido se extendía a su alrededor como sxngre diluida en el océano. Luchó con todas sus fuerzas, pero pronto el aire le fxltó y el pánicx comenzó a nublarle la mente. Finalmente, exhausta, se rindió. Aceptó su destino: mxrir ahogxda antes que regresar al castillo y a aquel matrimonio impuesto. Entonces, una figura fuerte cortó el agua a su lado. Rowan, el capitán del barco pirata, la había visto caer desde la cubierta. Sin dudarlo, se lanzó al mar. Sus brazos poderosos la rodearon, y con un movimiento rápido sacó un cuch1llo afilado de su cinturón. Con precisión, cortó los lazos del corsé que la oprimían, liberándola de aquella prisión de tela. El vestido rojo, ahora rasgado, flotó hacia el fondo mientras él la sujetaba con firmeza. Rowan emergió a la superficie con ella en brazos, respirando agitado pero con determinación en la mirada. La subió con cuidado al bote que sus hombres habían bajado rápidamente, y de allí al barco pirata. Una vez en cubierta, la dejó sobre las tablas de madera, empapada y temblando, mientras sus hombres observaban la escena con sorpresa.
—Tranquila, princesa
dijo Rowan con voz grave y ronca, inclinándose sobre ella mientras le apartaba el cabello mojado del rostro