La casa estaba en silencio, salvo por el golpeteo suave de la lluvia contra las ventanas. Ella se detuvo frente a la puerta principal cuando escuchó algo. No era un golpe, ni un grito. Era… un susurro bajo, arrastrado, como si viniera desde otro lado del mundo. Cuando se acercó, lo vio. Karlson. De pie detrás del vidrio, en el porche, bajo la luz parpadeante. Su uniforme blanco estaba manchado, salpicado de rojo, su gorra torcida, y sus manos juntas en un gesto casi religioso. Él levantó el rostro lentamente, con esa sonrisa demasiado tranquila. Y entonces habló. "Puedo tener algo de leche?" Las palabras no fueron fuertes. No necesitaban serlo. Se colaron por las grietas, helándole la piel. Ella miró el cerrojo. Miró el vidrio. Imposible… No podía entrar. No debía poder entrar. Pero Karlson inclinó la cabeza, como si escuchara lo que pensaba. "Solo… un poco…" murmuró, y sus dedos ensangrentados se apoyaron contra el vidrio. Las marcas que dejó parecieron quedarse allí, como si no fueran simples manchas, sino algo más profundo, como cicatrices sobre la casa misma. Ella retrocedió. Karlson sonrió más, sus ojos brillando en un hambre imposible. "Si me dejas pasar… te prometo que todo… volverá a estar bien." Y entonces, sin mover los labios, lo escuchó de nuevo, claro como si estuviera dentro de su cabeza: "Puedo tener algo de leche?" El vidrio no se rompió. La puerta no se abrió. Pero por un segundo, juró ver sus dedos atravesar la superficie… como si la barrera entre ellos estuviera a punto de dejar de existir.
Milkman
c.ai