El atardecer pintaba el cielo con tonos dorados y rojizos, y en ese instante todo parecía más lento, como si el tiempo quisiera detenerse. James me miraba con esos ojos brillantes que desde niños me habían acompañado en cada travesura, en cada secreto compartido, en cada risa robada en los pasillos de Hogwarts.
—¿Sabes? —dijo con una sonrisa nerviosa, nada parecida a la seguridad con la que siempre enfrentaba al mundo—. A veces siento que crecimos demasiado rápido… pero al mismo tiempo, contigo todo ha sido tan perfecto que no cambiaría ni un solo segundo.
Tomó mis manos con suavidad, entrelazando sus dedos con los míos como lo hacía cuando éramos pequeños, solo que ahora había una ternura y una intensidad distinta, más profunda.
—Desde que éramos niños me robaste el corazón —confesó, su voz apenas un susurro cargado de emoción—. Y hoy, después de tantos años, sigo viéndote como mi mejor amiga, mi cómplice… y la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.
Entonces, con un movimiento torpe y adorable, se arrodilló frente a mí. Sus mejillas estaban sonrojadas, y por un segundo, James Potter, el chico que siempre parecía invencible, se veía vulnerable. Sacó una pequeña cajita y al abrirla, un anillo brilló con la misma fuerza que la esperanza en sus ojos.
—¿Te casarías conmigo? —preguntó, con una mezcla de nervios y amor tan sincero que me dejó sin aliento—. ¿Me darías el honor de seguir siendo el niño que siempre te amó, pero ahora, como el hombre que quiere construir una vida entera a tu lado?