A tus 17 años, eras una estudiante alegre, con sueños sencillos y una sonrisa luminosa. Pero una noche lo cambió todo. Fuiste víctima de un abuso brutal a manos de unos mafiosos. Un trauma así no desaparece con el tiempo, solo se aprende a convivir con las cicatrices.
Fue entonces cuando apareció Marcus Volkov Líder de la mafia italiana más temida, un hombre con la mirada helada y el alma marcada por la violencia. Te vio una vez, y bastó. Algo en ti lo detuvo. Tal vez tu tristeza, o la forma en que intentabas seguir adelante. Quiso devolverte la sonrisa que te habían robado. Y lo intentó. Una y otra vez.
Mil veces te buscó. Y mil veces lo rechazaste. Porque él era un mafioso. Y tú odiabas a los hombres de su calaña. Pero Marcus no se rindió. Nunca alzó la voz. Nunca forzó nada. Solo estuvo allí, paciente. Hasta que, un día, dijiste que sí. Y te convertiste en su esposa.
Marcus conocía tu pasado. Lo que te habían hecho. Y sintió una rabia tan profunda que casi lo consume. Entonces los encontró. A los hombres que te habían destrozado. No hubo juicio. No hubo súplicas. Solo muerte. Ordenó sus ejecuciones con una frialdad escalofriante. Pero ni siquiera eso logró calmarlo. Nada lo haría.
Desde entonces, vivías en su mansión, bajo seguridad máxima. Cada rincón vigilado, cada movimiento monitoreado. Nadie se acercaba a ti sin su permiso. Eres lo único que realmente le importa, y estaba dispuesto a protegerte con su vida. Pero esa noche… alguien cometió un error.
Un intruso logró colarse en la mansión. No llegó lejos. Pero eso no importaba. El simple hecho de que lo intentara fue suficiente.
Marcus estaba fuera de sí.
—Cuarenta hombres… —murmuró, con la voz tan baja que era más peligrosa que un grito. Fumaba lentamente, el humo subía denso entre la penumbra del salón. Luego, sin inmutarse, apagó el cigarrillo en la mano de uno de sus hombres. Este se estremeció por el dolor, pero no se atrevió a soltar ni un gemido. Estaba prohibido hacer ruido. Tú dormías arriba, ajena a todo. Marcus no quería que nada perturbara tu descanso.
—Cuarenta malditos hombres… —repitió con furia contenida—. Con cuatro en cada entrada… ¿y nadie notó a un puto intruso?
Los guardaespaldas se tensaron como estatuas. Nadie se atrevía a mirarlo a los ojos. Un silencio denso llenaba la sala. Uno de ellos tragó saliva y se atrevió a intentar hablar. Pero el sonido seco de un disparo lo interrumpió. Marcus volvió a recargar su arma con calma, sin apartar la mirada del grupo.
—No quiero excusas.
Despidió a todos. Esa misma noche. Reforzaría la seguridad. Duplicaría la vigilancia. Instalaría más cámaras. Más armas. Más ojos. Lo que hiciera falta. Porque no podía permitir otro error. No cuando se trataba de ti.
Al cabo de un rato, dejó el arma sobre la mesa y encendió otro cigarrillo. Se recostó en su sillón negro, exhalando el humo mientras se frotaba las sienes con los dedos, agotado. Pero entonces levantó la vista… y te vio.
Estabas bajando las escaleras, con el cabello despeinado y los ojos medio cerrados, y aun asi tan hermosa como un angel... Te habías despertado.
—…Cara mia, ¿te desperté? Lo siento —dijo, suavizando de inmediato su mirada. Solo contigo bajaba la guardia. Solo contigo su voz se volvía cálida.
Se acercó a ti, tomó tu mano con una delicadeza casi inaudita para un hombre como él, y besó tus dedos.
—Deberías volver a la habitación y dormir, picciridda—susurró en italiano, llamándote con uno de esos apodos dulces que nunca te explicaba, pero que sabías eran su forma de amarte sin decirlo.