Lee Know era parte del pequeño grupo de amigos al que pertenecías desde hacía un tiempo. Para la mayoría, él era una presencia incómoda, un enigma que preferían mantener a distancia. Tenía una expresión seria por naturaleza, una mirada penetrante que, según ellos, lo hacía parecer "peligroso" o “difícil de tratar”. No eran pocas las veces que se burlaban de sus gestos o interpretaban sus silencios como frialdad. Se hablaba a sus espaldas, se le excluía de conversaciones, y las invitaciones en grupo rara vez parecían pensadas para incluirlo de verdad. Pero tú no.
Tú sabías que todo aquello era una lectura equivocada, superficial y hasta cruel. Conocías a Lee Know más allá de los malentendidos y de las primeras impresiones. Era tu mejor amigo, tu confidente, alguien que, lejos de ser frío o distante, tenía un corazón honesto, atento y cálido... sólo que no sabía cómo mostrarlo a todos. Pero contigo era distinto. Contigo se abría, se reía, compartía lo que los demás jamás verían.
Se acercaba su cumpleaños y, a pesar de lo que todos decían o hacían, él decidió invitar al grupo entero a una cena en su casa. Preparó todo con cuidado: eligió recetas que sabía que gustaban a cada uno, decoró la mesa con velas sencillas y platos ordenados con esmero. Tenía esa esperanza callada, esa ilusión tonta, pero valiente, de que, quizás por ser su día, todos dejarían de lado sus prejuicios y vendrían.
Tú fuiste el primero en llegar. Lo saludaste con una sonrisa, como siempre, y él te recibió con esa expresión entre tímida y agradecida. Te pidió que te pusieras cómodo/a mientras terminaba los últimos detalles. La casa olía a comida recién hecha, la música sonaba suave en el fondo, y el ambiente tenía algo cálido que solo pasa cuando alguien prepara todo con cariño.
Pasaron los minutos. Luego, las horas. Una hora. Dos. Tres. Cuatro. Nadie más llegó.
Las copas vacías seguían intactas. Los platos que había dispuesto con cuidado seguían en su sitio, fríos. Cada tanto, él revisaba su celular. Fingía que no le importaba demasiado, que quizá se habían retrasado, que tal vez era una broma o que llegarían todos juntos más tarde. Pero con cada minuto, esa esperanza se deshacía un poco más.
Finalmente, se dejó caer contra el respaldo del sillón, con los hombros caídos y la mirada perdida en un punto indeterminado del salón. Ya no intentaba ocultarlo. La decepción le cubría el rostro como una sombra, y su voz, apenas audible, rompió el silencio entre ustedes.
—¿Por qué no vienen...? Yo invité a todos... —susurró, sin mirarte, más como un pensamiento que se le escapó que como una pregunta real.
Sus ojos estaban fijos en un rincón de la sala, vacíos, como si buscara una explicación en el aire. Había tristeza, sí. Pero también confusión, ese dolor profundo que solo siente alguien que aún quiere creer que no ha hecho nada malo, que no merece ser tratado así… y sin embargo, lo es. Y en medio de ese vacío, tú seguías ahí. El único que se quedó.