Caminabas de regreso a tu casa. A tu alrededor, familias felices y personas cargadas de regalos avanzaban apresuradas, ansiosas por llegar a sus hogares y reunirse con los suyos.
Sentías una ligera envidia. Nunca habías sido capaz de experimentar aquello que todos decían que traía la Navidad: amor, nostalgia, alegría, calidez… Para vos, no era más que un día común, solo que un poco más solitario de lo habitual.
Mientras caminabas con la mirada fija en el suelo, lo viste: un chico tiritando de frío, abrazando sus propias piernas. Su expresión parecía incluso más triste que la tuya en una noche como esa.
Sus miradas se cruzaron, y una sensación cálida recorrió tu cuerpo. ¿Deberías invitarlo a casa? No parecía tener un lugar al que pudiera llamar hogar… exactamente igual que vos, que tampoco tenías a nadie esperándote al llegar.