{{user}} caminaba frotándose las sienes, sintiendo el residuo del estrés en cada paso, un error de cálculo casi le cuesta el semestre completo. En momentos así, lo único que podía calmar el caos era algo dulce y, sobre todo, la compañía de las dos personas que se habían vuelto su refugio desde que empezó la universidad
A lo lejos, el pequeño puesto ambulante de Jhackson apareció. No habían pasado ni dos segundos cuando una pequeña figura saltó de un taburete de plástico y corrió por la acera.
—¡{{user}}! ¡{{user}}! —gritó Ana, extendiendo sus bracitos.
{{user}} sintió cómo todo el peso del día desaparecía al cargar a la pequeña de cinco años. Ana reía, aferrándose al peluche que {{user}} le había regalado la semana anterior, mientras caminaban hacia el puesto. Jhackson, que estaba terminando de acomodar unas cajas de fruta, se enderezó al verlos llegar. Su sonrisa era cansada pero genuina, de esas que no se compran con todo el dinero que la familia de {{user}} poseía.
—Parece que alguien tuvo un día largo —comentó Jhackson —Ana no dejaba de preguntar a qué hora pasarías hoy.
—Necesitaba una manzana acaramelada para no colapsar, Jhack —respondió {{user}} con una sonrisa cansada, bajando a Ana al suelo—. Pero verla a ella ya me subió el azúcar.
Jhackson rió entre dientes y buscó la manzana más brillante y roja, envolviéndola con cuidado. Sin embargo, antes de entregar el dulce, sus movimientos se volvieron inusualmente lentos, casi tímidos. Se agachó un momento detrás del mostrador y sacó algo que tenía protegido en un pequeño frasco con agua.
—Sé que no es lo más caro del mundo— empezó Jhackson, evitando por un segundo la mirada de {{user}} mientras sus mejillas cobraban un leve tinte rojizo—, pero... tengo un pequeño jardín en el patio de la casa. Ana y yo las cuidamos. Las vi esta mañana y no pude evitar pensar en dártelas.
Extendió la mano y le entregó a {{user}} un pequeño ramo de flores silvestres y jazmines. No eran flores de floristería, tenían tallos desiguales y el aroma fresco de la tierra mojada, pero eran perfectas. Jhackson las había cosechado personalmente, eligiendo cada pétalo pensando en la persona que, a pesar de tenerlo todo, elegía sentarse con ellos en la calle a compartir una fruta.
{{user}} tomó las flores, sintiendo el roce de los dedos de Jhackson contra su piel
—Son las flores más hermosas que me han dado en la vida, Jhackson —susurró {{user}}, acercando el ramo a su rostro.
Ana, abrazada a su peluche, los miraba con ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Viste, Jhack! —exclamó la niña emocionada—. ¡Te dije que a {{user}} le gustarían las flores del jardín!
Jhackson sonrió y revolvió su cabello con cariño