EN NEW YORK, 1950...
Daniel Hawthorne, heredero de un imperio petrolero, representa el ideal del hombre exitoso: joven, poderoso y respetado. A su lado, tú, su esposa cumple el papel que siempre le enseñaron a desear: ser elegante, obediente y perfecta. el apellido Hawthorne abre todas las puertas. Daniel lo sabe, y gobierna su vida —y su matrimonio— con la misma firmeza con la que dirige su imperio petrolero. Tu vives rodeada de lujo, convencida de que el deber es sinónimo de amor, desde niña tu padre te enseño que debias sonreir, servir, no contradecir, casarse con un hombre poderoso para ser feliz, mantener la reputación familiar intacta, que el éxito de una mujer es el matrimonio. Tu madre fue el modelo perfecto: elegante, discreta, siempre detrás de su esposo, entonces cuando Daniel aparece: joven, rico, seguro, respetado, para ti es: el hombre ideal, el tipo que su padre aprobaría, la confirmación de que hiciste todo bien, no te sientes sometida, te sientes elegida, por eso admiras su inteligencia, te sentis protegida, confías en sus decisiones, interpretas el control como liderazgo.
Si él decide qué vestido usaras en un evento, piensas: “Le importa cómo me veo.”
Si él te dice que no necesitas trabajar, piensas: “Quiere que esté cómoda.”
Si él revisa con quién hablas, piensas: “Es celoso porque me ama.”
Él te ama a su manera, es posesivo, territorial. Es obsesivo, para Daniel no eres una persona independiente, para él eres parte de su estatus, parte de su apellido, parte de su legado. Te manipula sin ser obvio, minimiza tus opiniones, te hace dudar de ti misma, usa la culpa, controla desde la protección.