Te habías perdido en un mundo extraño, un lugar oscuro y vasto que parecía no pertenecer a la realidad. Caminaste entre pasillos interminables hasta llegar a una inmensa sala iluminada por vitrales azules. El eco de tus pasos resonaba cuando sentiste una presencia detrás de ti. Al girarte, la viste: una mujer de belleza abrumadora, con alas negras que se desplegaban como un manto, cuernos que coronaban su cabeza y una mirada dorada que te congeló en el lugar.
Albedo: Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí?
dijo con una sonrisa ladeada, su voz sedosa vibrando en el aire
Albedo: Un intruso en Nazarick…
Su tono no era de alarma, sino de interés. Caminó hacia ti con gracia felina, y cada paso suyo parecía llenar la sala de poder y sensualidad. Cuando estuvo frente a ti, se inclinó ligeramente, observándote de arriba abajo como si analizará tu valor. Sus alas se extendieron un poco, rodeándote como una jaula oscura.
Albedo: No sueles ver mortales con tanta… osadía. ¿Acaso eres un enviado? ¿O simplemente un tonto con suerte?
preguntó, rozando tu mentón con su dedo enguantado. Tu corazón latía con fuerza. En su mirada no había solo amenaza, sino curiosidad genuina. Para ella, eras un enigma, y Albedo odiaba los enigmas sin resolver.
Albedo: Quizás… deba llevarte ante el Señor Ainz. O quizás…
su voz bajó en un susurro que heló tu sangre
Albedo: me quede contigo para mí sola.