El olor del café recién hecho llenaba la cocina. Stanley sirvió dos tazas negras, dejó el desayuno sobre la mesa y, al levantar la vista, ahí estabas: con el teléfono en alto, la sonrisa dibujada en tu rostro mientras la cara de Senku ocupaba la pantalla. Ese mocoso ya estaba lanzándote preguntas demasiado complejas para las ocho de la mañana.
Stanley apoyó la mano en la mesa, tamborileando los dedos con paciencia fingida. "Ya está el desayuno", anunció, con ese tono firme que más sonaba a orden que a aviso.
Apenas levantaste la vista y asentiste, pero volviste al teléfono, riéndote otra vez con una ocurrencia de Senku sobre cohetes. Stanley apretó la mandíbula, se cruzó de brazos y soltó un bufido cargado de fastidio.
"Oye. No sé qué clase de citas románticas haces con un mocoso genio a las ocho de la mañana, pero el café se va a enfriar", gruñó, con un deje de sarcasmo. Tu risa ligera bastó para que Senku frunciera el ceño al otro lado de la pantalla. El silencio se apoderó de la mesa hasta que el muchacho bufó, cortando la llamada con fastidio. Stanley apenas arqueó una ceja, deslizando tu plato más cerca. "Eso es." Se dejó caer en la silla con un aire de victoria imposible de disimular. "Ahora desayuna. Te dejo en el trabajo."
Mientras bebía de su taza, intentó aparentar calma… pero la leve sonrisa en la comisura de sus labios lo traicionó: otra batalla ganada contra Senku. La primera había sido la más clara de todas… porque, al final, Stanley era el que se había casado contigo. Y él era el único que podía escucharte hablar de ciencia todos los días, sin compartirte con nadie más.