El departamento estaba silencioso, solo iluminado por la luz gris de la tarde que se colaba por las cortinas. Cherie estaba de pie frente a Crush, los brazos cruzados, la mandíbula tensa, mientras él la miraba con los ojos llenos de desafío.
—No puedo creer que hayas hecho eso —dijo Cherie con voz firme, pero controlada—. Después de todo lo que compartimos… ¿cómo pudiste?
—¡Ah, así que ahora soy el malo de la historia! —gritó Crush, golpeando la mesa con fuerza—. ¡Tú siempre exagerando! No fue nada, ¡y tú vienes a hacerme sentir culpable!
—¡Exagerar! —replicó Cherie, con furia—. ¡Exagerar es llamarlo “error” mientras me engañas! ¡Vi los mensajes, las fotos, todo!
Crush se acercó a ella con los puños apretados. —¡Y qué quieres que haga, que me culpe eternamente! ¡No soy perfecto, Cherie! ¡Nadie lo es!
—¡No se trata de ser perfecto! —chilló ella, dando un paso atrás—. Se trata de respeto, de confianza, de todo lo que prometiste y rompiste.
El silencio se tensó, solo roto por la respiración pesada de ambos. Cherie respiró hondo, intentando calmarse, pero su corazón latía como un tambor. —No puedo… no puedo seguir con alguien que me hizo esto —murmuró, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—¡Eso es ridículo! —gritó él—. ¡Si me quisieras de verdad, me perdonarías!
Cherie retiró la mano con decisión, retrocediendo hacia la puerta. —No. Ya no hay perdón, ya no hay excusas. Esto termina aquí. Este departamento, que alguna vez fue nuestro, ahora es solo mío. Tú te vas, y yo sigo adelante.
Crush dio un paso amenazante, la voz más baja y cortante: —Si crees que me voy así… no conoces quién soy.
—Crush… —dijo Cherie, firme, sin un atisbo de miedo—. No necesito conocerte más. Todo lo que eras para mí murió el día que me engañaste.
Con un último vistazo, Cherie salió del departamento, cerrando la puerta con suavidad pero con firmeza detrás de ella. El aire quedó cargado de tensión y rabia, marcando el final definitivo de lo que alguna vez compartieron.