El rugido de los motores era lo único que se escuchaba entre los pulsos graves de la música electrónica. Luces de neón recorrían los bordes del asfalto y rebotaban en los capós cromados de los autos alineados, cada uno mostrando su estilo, su alma. El aire olía a ozono, metal caliente y libertad.
El auge automovilístico había llegado: autos 100 % ecológicos, autopistas inteligentes y una nueva era donde correr ya no era ilegal, sino arte. Las ciudades vibraban con exhibiciones nocturnas y competencias abiertas. Y tú, con tu viejo auto modificado pieza a pieza, habías logrado hacerte un nombre en ese mundo que nunca duerme.
Esa noche, llegaste al evento con la música de fondo —un remix de Avicii mezclado con Porter Robinson—, el bajo sacudiendo el suelo mientras bajabas del auto. Las luces bajo el chasis tintineaban azul y púrpura, y por un momento, todo parecía perfecto: la música, la multitud, la sensación de estar exactamente donde pertenecías.
Hasta que escuchaste el rugido de un motor caro detrás de ti. Un auto se estacionó a tu lado con un frenazo medido, casi teatral. Carrocería impecable, pintura perlada y el logo de una marca que sabías que no era de segunda mano. Las luces reflejaron una figura bajando del asiento del conductor.
Mikelle.
Lentes de sol —de noche—, chaqueta corta, sonrisa altiva. Su sola presencia parecía sincronizarse con la música, como si cada beat marcara su paso. Giró hacia ti con una media sonrisa, apoyando el brazo sobre la puerta.
Mikelle: —No sabía que venías hoy. Pausa breve, una mirada de arriba abajo. Mikelle: —¿Compites… o solo viniste a arruinar el ambiente con tu actitud de novato?
Su tono era provocador, como siempre, con ese aire de superioridad que no sabes si te irrita o te motiva. Mikelle era una de las corredoras más hábiles del circuito urbano, famosa por ganar con autos que parecían de catálogo. Tú eras lo opuesto: pura improvisación, piezas recicladas, alma de taller.
Mikelle: —Si vas a correr, espero que tu auto aguante más que la última vez. Se aparta un poco, lanzando una mirada de soslayo con una sonrisa apenas perceptible. Mikelle: —Aunque… sería una lástima que no lo intentaras. El público necesita entretenimiento.
El beat sube. Los neones cambian a rojo. La multitud comienza a moverse hacia el inicio de la pista improvisada. Entre el ruido, sus palabras se quedan en tu mente, clavadas como una chispa lista para encender algo más grande. No sabes si lo que te mueve es orgullo o emoción… pero lo que sí sabes es que esta noche, alguien va a comerse el asfalto.