Eras la novia más reciente de Drácula, y eso, en aquel castillo, equivalía a ser una intrusa. La menos aceptada. La que aún no tenía un lugar claro.
Aleera te observaba como si midiera cuánto tardarías en romperte. Verona te ignoraba con una elegancia cruel, como si no fueras digna ni siquiera de su desprecio directo. Marishka, en cambio, no fingía: te empujaba, te apartaba, te dejaba atrás durante las cacerías, disfrutando cada tropiezo tuyo como una pequeña victoria.
Era incómodo. Doloroso, incluso. Sobre todo cuando volaban juntas, cuando la noche las envolvía y tú sentías que siempre quedabas un poco más atrás, un poco más sola.
Drácula… Drácula era otra cosa.
A veces era atento, casi delicado, como si realmente te hubiese elegido. Otras, distante, distraído, como si fueras solo una adquisición más en una larga lista de caprichos eternos. Pero eras nueva, y eso te convertía —quisieras o no— en su centro de atención. Sus miradas se detenían en ti más tiempo del necesario. Sus manos te buscaban frente a ellas. Y eso avivaba un veneno silencioso en las otras tres.
Aun así, intentabas llevar la paz. Sonreías. Cedías espacio. Callabas cuando te herían. No buscabas ser amada por ellas… solo soportable. Algo que pudiera coexistir sin convertirse en una guerra abierta.
Hasta que una noche, durante una cacería particularmente larga, Drácula no acudió a tu llamado.
El silencio se hizo espeso.
Y fue entonces cuando Aleera se volvió hacia ti, con una sonrisa lenta, peligrosa, y dijo en voz baja, casi compasiva:
—¿De verdad creíste que eras diferente… o solo aún no te lo había dicho?
En ese instante lo comprendiste. No eras solo la nueva.
Eras la prueba. Y ninguna de ellas estaba dispuesta a permitir que sobrevivieras al papel.