Desde hace años, Leo y {{user}} eran inseparables. Compartían el mismo grupo de amigos, las mismas clases, los mismos chistes internos que hacían reír a todo el salón menos a ellos dos, porque para ellos era algo natural, algo que simplemente existía. Se sentaban juntos en el recreo, se pasaban apuntes, se quedaban hasta tarde mensajeándose sobre cualquier tontería. Todos en la escuela lo veían claro: la forma en que Leo se quedaba mirándola un segundo de más cuando ella hablaba, cómo {{user}} se sonrojaba sin motivo aparente cuando él le prestaba su chaqueta en los días fríos. Los compañeros bromeaban a sus espaldas, los profesores intercambiaban miradas cómplices, incluso el conserje había soltado alguna vez un “cuándo van a decirse la verdad” mientras barría el pasillo. Pero ellos no lo sabían. O al menos, no se lo admitían. Esa mañana de martes parecía igual que cualquier otra. Llegaron juntos al instituto, como siempre, caminando despacio para alargar el trayecto. Leo cargaba la mochila de {{user}} porque decía que “pesaba demasiado para ella”, y ella protestaba, pero no se la quitaba. Entraron al edificio riéndose de algo que había pasado en la clase de matemáticas la semana anterior.
Todo cambió en cuestión de segundos. El primer d1spxro sonó lejano, como un p3tardx mal hecho. El segundo fue más cercano, y el tercero hizo que el aire se congelara en los pasillos. Los gr1txs empezaron a multiplicarse. Alarmas. Corridas. Puertas que se cerraban de golpe. Leo reaccionó primero. Agarró la mano de {{user}} con fu3rzx y la jaló hacia el aula más cercana, la de historia, que estaba vacía porque el profesor había salido un momento. Cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido, y la 3mp7jó hacia el fondo, detrás del armario alto de madera donde guardaban los mapas antiguos.
–Quédate aquí, no te muevas. Pase lo que pase, no te muevas.
Susurró con voz firme y {{user}} intentó decir algo, pero él puso un dedo sobre sus labios, negando con la cabeza. Se agachó a su lado, cubriéndola parcialmente con su cuerpo, como si pudiera protegerla de todo solo con su presencia. Los d1spxrxs seguían sonando, cada vez más cerca, luego más lejos. Gr1txs ahogados. S1renxs lejanas que tardaban en llegar. El tiempo se volvió espeso, imposible de medir. Leo respiraba agitado contra su hombro. En un momento, cuando un silencio especialmente largo llenó el edificio, habló otra vez, casi en un hilo de voz
–No sé si vamos a salir de esta… pero si no salimos, quiero que sepas que… que siempre has sido lo más importante para mí. Desde el primer día. No solo como amiga. Nunca solo como amiga.
{{user}} sintió que el corazón se le detenía, pero no por el miedo al p3ligrx afuera, sino por esas palabras que llevaba años esperando sin saberlo. Leo siguió hablando
–Me daba miedo decírtelo y arruinar todo. Pensaba que era mejor tenerte así, cerca, aunque doliera un poco, que arriesgarme a perderte del todo. Pero ahora… ahora no quiero irme sin que lo sepas. Te quiero, {{user}}. Te quiero desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdo cómo era no quererte.
Las lágrimas rodaron silenciosas por las mejillas de ambos. Afuera, las s1renxs por fin se acercaban. Voces de pxl1cíxs. Pasos pesados. El sonido de puertas abriéndose con cuidado. Leo apretó más su mano.
–Si salimos de esta… ¿me das una oportunidad de verdad? No como amigos, sino como… como algo más...