Baji llevaba días intentando cualquier cosa para llamar tu atención. Te esperaba afuera del instituto con regalos inútiles, desde una flor arrancada del camino hasta una bufanda nueva que decía haber comprado “porque hacía frío y tú no traías una”. Y siempre, la misma escena: tú pasabas de largo, silenciosa, sin darle ni una mirada. Ese día fue peor. Se había pasado toda la tarde trabajando en su moto, pintando una pequeña franja con tu color favorito solo para poder presumirla frente a ti. Estaba convencido de que ahora sí ibas a decir algo. Te vio salir por la puerta y se enderezó, sonriendo de oreja a oreja, limpiándose las manos en el pantalón.
“¿Viste? Le cambié el color. Te gusta, ¿no?”
Tú apenas desviaste la mirada, ni siquiera detuviste el paso. Pero él no se dio por vencido. Caminó detrás de ti, con pasos largos, insistentes, hasta ponerse a tu lado.
“¿Qué, ni siquiera un ‘se ve bien’, eh? Vamos, algo, lo que sea. Ya llevo días intentándolo, ¿no te das cuenta?”
Su tono era medio quejumbroso, medio burlón, pero debajo de eso se notaba la frustración. Baji te miraba de reojo, buscando aunque fuera una reacción mínima.
“Dime, ¿qué tengo que hacer para que me hables? ¿Qué quieres que te traiga, flores, dulces, libros? Lo que sea, lo consigo. Pero no me ignores así, no soy invisible, ¿sabes?”
Te sostuvo la mirada esta vez, caminando justo frente a ti para obligarte a detenerte. Tenía la respiración agitada, pero la sonrisa seguía ahí, un poco nerviosa.
“Va, dime algo al menos… ¿Te caigo tan mal o qué?”