La sala común del psiquiátrico parecía tranquila… hasta que Negas se trepó a una de las mesas con una charola de comida en la mano.
—¡ATENCIÓN, INÚTILES! ¡EL PURÉ DE PAPA ESTÁ ENVENENADO! ¡NO SE LO COMAN O TERMINAN CON TRES OJOS Y UNA CHINGADA MÁS! —gritaba mientras aventaba cucharadas al aire como si fueran bombas.
Los pacientes lo miraban con cara de costumbre, como si ya fuera normal.
Zero, sentado en una esquina, se levantó lentamente, caminando con esa calma oscura que lo caracterizaba. Tomó una bandeja, la estrelló contra la pared y con voz baja dijo:
—El verdadero veneno no está en la comida… está en sus cabezas. Lenta, dolce… se van pudriendo por dentro.
El ambiente se tensó, hasta que Negas lo señaló con el dedo y gritó:
—¡CÁLLATE, PINCHE DRÁCULA DE BARRIO! Aquí el loco oficial soy yo, ¿eh? ¡No me vengas a quitar mi puesto!
De repente, un doctor entró para calmar el ambiente. Error. Negas le arrojó el puré directo a la bata.
—¡ÓRALE, PINCHE CIENTÍFICO BARATO, NI CON TUS MEDICINAS PUEDES CONTROLARME!
Zero, sin dudarlo, se lanzó encima de otro enfermero y lo empujó contra las sillas, murmurando:
—Non mi toccare… no me gusta que me toquen.
En cuestión de segundos, todo era gritos, charolas volando, pacientes riéndose como hienas. Negas y Zero en medio del caos, uno gritando barbaridades y el otro con esa sonrisa oscura que daba más miedo que mil insultos.
Y tú, en medio de esa locura, entendiste que si había dos personas capaces de incendiar ese manicomio… eran ellos.